Algunos temas acerca de la frontera norte de México durante el siglo xix

 

 Ángela Moyano Pahissa*

 

Este ensayo tiene como objetivo hacer una breve semblanza de la historia de la frontera norte de México a lo largo del siglo xix, desde que el tratado de Guadalupe Hidalgo y el tratado de la Mesilla establecieron los límites territoriales de esa parte del país vigentes hasta ahora. No se pretende dar toda la información de lo sucedido sino resumir su historia en algunas de las líneas temáticas que  nos parecen de mayor relevancia.

 

La guerra, el tratado de Guadalupe Hidalgo y los cambios en la frontera

La frontera norte de México, tal y como ahora se conoce, data de 1848 y es consecuencia de la guerra entre México y Estados Unidos de América.

La declaración de la guerra tuvo lugar el 13 de mayo de 1846. En un afán por simplificar la explicación de las causas, diremos que éstas fueron, básicamente, el deseo de expansión de Estados Unidos y su ambición por llegar a la costa de la bahía de San Francisco, considerada la mejor de Norteamérica. El territorio localizado entre Texas, que se anexó en 1845, y el puerto mencionado serviría de puente entre las posesiones de Estados Unidos. En tanto, para México la causa primordial fue la ayuda estadunidense otorgada a Texas en la guerra de 1836 y su anexión subsecuente nueve años después, tras múltiples declaraciones de que no lo harían. Tres ejércitos y una fuerza naval se lanzaron en contra de lo que era la frontera norte de México para invadirla: el del general Zachary Taylor bajó por Matamoros y Tampico para de ahí continuar a Camargo, Nuevo León y Saltillo. De manera paralela, el ejército del general Stephen Kearney invadió Nuevo México y continuó hacia California. Un tercer ejército bajó por El Paso hacia Paso del Norte (ahora Ciudad Juárez) mientras que el comodoro Sloat se apoderaba de Monterrey en California. Ahí se quedaron los ejércitos estadunidenses hasta la conclusión del tratado de paz mientras que, en el año de 1847, el ejército del general Winfield Scott invadió las poblaciones de Veracruz, Jalapa, Puebla y la Ciudad de México. Se perdió la región que ahora alberga los estados de Utah, Nevada, Colorado, además de los consabidos de California, Arizona y Nuevo México, ya que Texas se había independizado desde 1836.

La historia de la frontera norte es bastante compleja, sobre todo desde que tuvo lugar dicha guerra. Baste decir que muchos de los estudiosos la caracterizan como una región que no ha tenido un año de paz desde la ratificación del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848.

Por frontera norte nos referiremos no a los estados fronterizos, sino a las poblaciones que se encuentran junto a la línea determinada por el tratado. Aquellas que se volvieron fronterizas como resultado del tratado de paz y que fueron invadidas durante la guerra y que desde entonces guardan resentimiento por haber sufrido una guerra considerada injusta y cierto complejo de inferioridad por haberla perdido. Los recuerdos de la invasión estadunidense, que casi duró dos años, se guardan junto a los de las sangrientas redadas de los indios apaches y comanches.

El tratado de paz, llamado de Guadalupe Hidalgo, no fue simplemente un acuerdo para finalizar la guerra; con sus 23 artículos resultó un intento por modificar las relaciones subsecuentes entre los dos países. Sin embargo, pese a la buena voluntad de los delegados, el convenio se encontró lleno de fallas. Por falta de asesoramiento sobre delimitaciones geográficas, las querellas sobre la fijación de límites no cesaron sino hasta después de más de un siglo, cuando se arregló la disputa sobre El Chamizal, territorio situado entre El Paso del Norte y El Paso. La falta de precisión en muchos de los artículos provocó también innumerables contiendas diplomáticas que estuvieron a punto de llevar a una nueva guerra en la década siguiente. Lo curioso es que el tratado no dejó satisfecho a nadie. Por una parte, los mexicanos lo consideraron el más duro de nuestra historia por el enorme territorio perdido (2 400 000 kilómetros cuadrados), mientras que los estadunidenses lo tacharon de poco ventajoso para ellos, pues ansiaban llegar al Polo Sur. Quienes firmaron el tratado, por ambas partes, fueron vilipendiados en sus países respectivos, unos por perder y los otros por no ganar suficiente territorio.

Al mirar hacia atrás, se llega a la conclusión de que el tratado fue un mal menor, ya que México estuvo en un tris de desaparecer como nación independiente, por lo menos durante un tiempo. Una revisión cuidadosa del tratado permite ver cuáles fueron los artículos involucrados directamente con la frontera norte mexicana.

Aun cuando varias naciones poderosas habían reconocido la independencia de Texas (1836) y su anexión posterior a Estados Unidos, la línea fronteriza de Texas con Coahuila y Tamaulipas había quedado en el aire. Los texanos insistían en que su frontera se situaba en el Río Bravo o Grande, mientras Coahuila y Tamaulipas reclamaban hasta el río Nueces, aproximadamente 200 kilómetros al norte del Bravo. Durante las discusiones para la redacción del tratado los comisionados mexicanos habían luchado porque así quedara, pero terminaron por aceptar el reclamo texano ya que de otra manera los comisionados estadunidenses hubieran tenido que reconocer la falsedad de su declaración de guerra, cuando el presidente James Polk pidió la guerra porque “sangre americana había sido derramada en tierra estadunidense” puesto que en realidad ésta, en ese momento, era tierra disputada.

Según el Tratado de Guadalupe Hidalgo la línea fronteriza debía ser medida por dos comisionados mexicanos y dos estadunidenses, más sus respectivos equipos. De acuerdo con el artículo v del tratado, las mediciones se llevarían a cabo según el mapa publicado en Nueva York, en 1847, por J. Disturnell. Los comisionados deberían reunirse antes de que transcurriera un año contado desde el canje de las ratificaciones del tratado para llevar a cabo las mediciones y colocar las mojoneras que marcarían la frontera. Sin embargo, lo que no percibieron los redactores del tratado fue que la delimitación fronteriza en la mitad de un río, y en este caso del Río Bravo, crearía un sinfín de problemas para ambos países. ¿Por qué llegaron a una conclusión tan ilógica?, que obviamente crearía muchos problemas tanto diplomáticos como políticos y sociales

En efecto, el Río Bravo recoge deshielos y lluvias de una cuenca enorme. Muda su cauce, arranca tierra y transplanta comunidades de un lado a otro. Por increíble que esto parezca, los encargados de redactar el tratado no sabían que así sucedía. Eran políticos y diplomáticos, mas no geógrafos. Parece que ni siquiera sabían que el Río Bravo nace en las montañas Rocallosas al sur de Colorado y, cuando los deshielos son enormes, la fuerza que lleva el río arranca tierra de uno a otro lado. Así lo probaron convenciones subsecuentes para delimitar la frontera. Les tomó a los gobiernos de ambos países 40 años para tratar de subsanar el problema. Dada la importancia del asunto, en 1889 crearon la Comisión Internacional de Límites que se encarga de supervisar el cauce del río y sus fechorías. La necesidad de una frontera más específica no se pudo llevar a cabo sino hasta 1938, cuando se terminó de construir un canal por donde correría la línea. Los estudiosos de fronteras concuerdan en que los ríos no hacen buenos límites internacionales, ya que los ríos unen mas no dividen, debido a que generalmente las familias de un lado u otro están emparentadas y forman lo que se llama una cultura binacional y son la base para migraciones más tardías.

El primer litigio grave, después de la firma del tratado, tuvo lugar a causa del artículo v e involucró a tres poblaciones en el Río Bravo: Isleta, Socorro y San Eleazario, las cuales habían pertenecido a Chihuahua desde su fundación y así se suponía que continuaban. En enero de 1849, el jefe político de Isleta envió un mensaje al gobernador de Chihuahua informándole que soldados estadunidenses de Nuevo México habían invadido los tres pueblos y expulsado a las autoridades mexicanas. Suponía que el río había cambiado su cauce pero no entendía la razón de la expulsión. Pedidas las explicaciones, éstas nunca se dieron aun cuando se dijo se investigarían. En el expediente acerca del caso,1 la discusión entre ambas secretarías se corta abruptamente por lo que el investigador se da cuenta que pasó lo mismo que sucedería con la isla Morteritos: el territorio susodicho fue incorporado al país vecino.

El segundo problema que se originó fue el de la isla de Morteritos (Beaver Island) que al terminar de fijarse la línea, en 1852, quedó al norte “de la mitad del cauce del río” como decía el artículo v del tratado. Después de mucha discusión México la entregó a Estados Unidos.

Precisamente el caso tan conocido del Chamizal tuvo su origen en el cambio del cauce del Bravo y su tendencia a moverse hacia el sur, en perjuicio de México. De ahí en adelante el río continuó moviendo tierra y por lo tanto trastornando la línea. Uno de los casos más interesantes es el del pedazo de tierra llamado El Horcón. En 1906 (32 años antes de hacerse el canal por el que correría la línea divisoria) el Río Bravo empujó una parte de la tierra estadunidense hacia el sur insertándola en territorio mexicano pero lo mismo sucedió con otra sección que empujó hacia territorio estadunidense. Las dos secciones en esa S invertida inundaron tierra de cultivo por lo que la compañía denominada Río Grande Land and Irrigation Company decidió protegerse construyendo un dique que evitara las inundaciones. El gobierno estadunidense la demandó, pero esa parcela de su tierra se quedó del lado mexicano en una región llamada El Horcón. Ya en la década de los años 30, un pedazo de la tierra del pueblo mexicano llamado Río Rico se había movido hacia el norte hasta quedar situado dentro de los límites de El Horcón. Nadie se enteró de lo que eso significaba hasta que un abogado de Migración del lado texano declaró y peleó que las personas que habían nacido en esa parte de Río Rico eran estadunidenses. Tras un largo litigio, Estados Unidos declaró que El Horcón era mexicano pero que aquellos que habían nacido ahí de 1906 hasta la fecha del litigio podían reclamar su ciudadanía estadunidense.2

Como ese caso, los fronterizos conocen muchos. Desde entonces, cada determinados años la Comisión Internacional de Límites se encarga de la medición y regresa tierra a sus dueños. Es una institución intergubernamental cuya finalidad es cuidar la estabilidad de la línea fronteriza. Cuando los comisionados toman una resolución, ambos países están obligados a respetarla. De esa manera se corrigió el error garrafal de los redactores del Tratado de Guadalupe Hidalgo al fijar la frontera a la mitad de un río que es verdaderamente “bravo”.

En cuanto a las islas del Océano Pacífico, a la altura de la frontera norte de México, posteriormente ocupadas por Estados Unidos, la captura no constituyó, como se dice, una violación de territorio porque los comisionados mexicanos nunca habían oído hablar de ellas o se olvidaron de su existencia. El tratado sólo se refiere a las islas en el golfo de México. Al delimitar la nueva frontera basándose en el mapa de Disturnell se incurrió en innumerables errores que la medición y una constante discusión entre los comisionados fueron subsanando. Sin embargo, esos problemas dejaron una herencia de odio, resentimiento y sospecha entre los dos vecinos. Sobre todo los mexicanos resintieron profundamente las tácticas presionantes y el mal comportamiento de algunos de los representantes estadunidenses obsesionados por “ajustar” la frontera.

La guerra iniciada en 1846 trastornó profundamente la vida fronteriza. Por años, los angloamericanos habían sido bien recibidos, al igual que sus mercancías, sobre todo en Alta California y Nuevo México, que constituían entonces la frontera. Después del conflicto, relatos de la época nos muestran que nacieron, sobre todo en la Alta California, la hostilidad y la sospecha entre ambos pueblos.

La nueva línea divisoria causó que viejos pueblos como Matamoros, antigua congregación del Refugio, Mier, Reynosa y Camargo, más los nuevos pueblos de Nuevo Laredo y Piedras Negras se convirtieran en poblaciones fronterizas. El Tratado de Guadalupe Hidalgo cambió la vida de esos pueblos en el llamado bajo valle del Río Bravo. En esa tierra, entre los ríos Nueces y Bravo, que había comprendido casi la tercera parte del territorio original de Tamaulipas, se localizaban muchos ranchos y una buena cantidad de ganado, y de tal manera se afectó a la región, que muchos mexicanos optaron por cambiarse a las poblaciones al lado sur del Río Bravo. Se dice que la población que más sufrió fue la de Villa de Mier, pues con la delimitación de la frontera se quedaron en Estados Unidos varios cientos de sus habitantes, miles de reses y cabezas de ganado caballar y mular.

Otra de las consecuencias de la nueva frontera fue, sin duda, que los pueblos mexicanos se dieron cuenta de la libertad de comercio que reinaba entre sus vecinos y la parquedad de sus impuestos. Como resultado, para evitar las pesadas alcabalas mexicanas los pueblos fronterizos se enfrascaron en el contrabando que hasta la fecha impera en ellos. También muchos mexicanos optaron por cambiarse al lado norte del río.

Otros grandes cambios en la frontera fueron consecuencia del artículo viii del Tratado de Guadalupe Hidalgo, sobre todo para la población mexicana que quedó al norte del río. En ese artículo el gobierno estadunidense se comprometió a respetar la decisión de los mexicanos que vivían en los territorios cedidos, de quedarse bajo la jurisdicción estadunidense o mudarse a México. Ese fue un artículo muy violado por los gobiernos locales, y no por ignorancia, sino deliberadamente pues, bajo el argumento de la autonomía estatal, hicieron caso omiso de los compromisos internacionales de su gobierno federal. El artículo viii declara en parte:

1. Los mexicanos establecidos hoy en territorios pertenecientes antes a México […] podrán permanecer en donde ahora habitan o trasladarse en cualquier tiempo a la república mexicana conservando en los indicados territorios los bienes que posean o enajenándolos y pasando su valor adonde les convenga […] Los que prefieran permanecer en los indicados territorios podrán conservar el título y derechos de ciudadanos mexicanos o adquirir el título y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Mas la elección entre una y otra ciudadanía deberán hacerla dentro de un año contado desde la fecha de las ratificaciones […] Y los que permanecieren en los indicados territorios después de transcurrido el año sin haber declarado su intención de retener el carácter de mexicanos, se considerará que han elegido ser ciudadanos de los Estados Unidos.

Como es sabido, este artículo tuvo y tiene enorme importancia para chicanos y mexicano-estadunidenses, sin embargo, no es objeto de este trabajo comentar esa faceta sino atenerse al impacto que tuvo para la frontera mexicana.

En Texas se declaró que sus leyes estatales antecedían a los tratados internacionales en cuanto al respeto a las propiedades de mexicanos en su territorio. Además, declararon que al haberse independizado en 1836 y anexado a Estados Unidos en 1845, un año antes de la guerra, nada tenían que ver con el tratado de paz.

En Nuevo México no sólo no se respetaron las propiedades mexicanas, sino no se dio a conocer la posibilidad de regresar a México. Ahí la razón fue que, al ser la tierra poco fértil, fueron pocos los angloamericanos que quisieron emigrar a la región. Aquellos que lo hicieron necesitaban a la población nativa para mano de obra de los ranchos ovejeros. A Ramón Ortiz, enviado por el gobierno mexicano para repatriar a aquellos que así lo desearan, se le prohibió seguir en la región una vez que se supo que en el pueblo de Mier, de mil familias ahí avecindadas, 900 deseaban continuar siendo mexicanas. Es curioso que, en la carta de Ramón Ortiz al gobierno mexicano, se mencione que muchos deseaban continuar siendo mexicanos por haberse dado cuenta del racismo y actitud de superioridad de los estadunidenses.

En cuanto a California ahí sucedió el caso contrario: al descubrirse oro se expulsó a muchos por desear sus tierras. Un par de años después empezó la persecución de mexicanos utilizando no sólo la fuerza sino medidas legales con el decidido propósito de que abandonaran los placeres de oro que eran de su pertenencia.

A todas luces ambas posiciones constituyeron violaciones al artículo viii del tratado. Su impacto sobre la frontera mexicana fue doble: por un lado, cientos de mexicanos que habían nacido en los territorios perdidos se cambiaron al lado sur del río, donde establecieron comunidades tales como Nuevo Laredo, Piedras Negras y otras más pequeñas. Por otra parte, el clima de rapiña y abuso que se instauró en Texas, Nuevo México y California hizo rebelarse a un buen número de mexicanos del otro lado, que naturalmente buscaron armas y ayuda guerrillera en las poblaciones mexicanas al sur del Río Bravo. Las injusticias cometidas tuvieron repercusión en ambos lados de la frontera, donde vivía una población a la que el aislamiento había integrado. La presencia de la frontera puso a los texanos-mexicanos del bajo valle del Río Bravo en una mejor posición para resistir con mayor intensidad y determinación los abusos de los angloamericanos. Contaban con que su ayuda moral y material estaba al otro lado del río. En el peor de los casos, sabían que ahí podían obtener refugio, entre los miembros de familias geográficamente divididas y su parentela. Un ejemplo fue la rebelión de Juan Nepomuceno Cortina, residente de Texas, quien enlistó a sus hombres en ambos lados de la frontera. La razón principal de su levantamiento fue la violación constante del tratado con la pérdida subsecuente de sus tierras.

México, amparándose en el artículo xvi del tratado procedió a establecer colonias militares en la frontera: “Cada una de las dos repúblicas se reserva la completa facultad de fortificar todos los puntos que para su seguridad estime convenientes en su propio territorio”. Se preveía un nuevo choque, dado el sentimiento expansionista del país vecino. Además, había que proteger a los habitantes de la región de los ataques indígenas. En julio de 1848, el gobierno mexicano ordenó a los jefes políticos que prestaran mayor atención a la frontera. Así se restablecieron las compañías presidiales y se ordenó la instauración de colonias militares.

El norte fue dividido en tres partes: la frontera este con los estados de Tamaulipas y Coahuila, la frontera media con Chihuahua y la frontera oeste formada por Sonora y Baja California. En el decreto de julio de 1848 se estableció que las colonias dependerían del gobierno federal hasta convertirse en pueblos. La tierra de cada colonia se dividiría en lotes y, subsidiada por el gobierno, se daría a los soldados para que la cultivaran. Al final de un servicio de seis años, cada soldado recibiría una bonificación de diez pesos y el lote de tierra que había trabajado. Cada una de las divisiones estaría a cargo de un coronel con funciones de inspector quien respondería directamente ante el gobierno federal.3

En el transcurso de tres años se fundaron colonias en los puntos designados: en mayo y junio de 1849 se establecieron las colonias del Norte y del Paso del Norte. Con emoción se leen las medidas del gobierno para proteger la frontera y con desilusión se sabe que de las dieciocho colonias erigidas sólo cuatro prosperaron: El Paso del Norte, Guerrero en la cercanía de Piedras Negras también fundada como colonia militar, Las Vacas ahora Ciudad Acuña y la colonia fundada cerca de Camargo que terminó por fusionarse con la anterior. Las principales razones fueron económicas: en la gran pobreza que siguió a la guerra con Estados Unidos, ni el gobierno federal ni los estatales podían mantener a las colonias como tampoco enviarles las armas necesarias para defenderse de los ataques de las tribus que cruzaban el río para depredarlas.

Por lo que se ha dicho, fueron varios los artículos del Tratado de Guadalupe Hidalgo que tuvieron impacto directo sobre la frontera norte y cambiaron su geografía, su economía y su vida social. Finalmente, en la idiosincrasia de los mexicanos fronterizos se generó una relación de amor-odio con sus vecinos del norte. Los conflictos ocasionados por la falta de precisión del artículo v, el incumplimiento del artículo xi y la flagrante violación del artículo viii, provocaron el rencor de los mexicanos, quienes por otro lado admiraban el orden y prosperidad de los estadunidenses.

 

Las tribus indígenas en la frontera

Una de las constantes en la historia de la frontera fue el continuo movimiento, con la consecuente depredación que causaban, de las tribus nómadas que se habían negado a asimilarse al Imperio Español. Ese fue uno de los poderosos motivos por los que el norte de la Nueva España fue tan difícil de colonizar. Así como España triunfó sobre las grandes civilizaciones en Mesoamérica y en Perú, tuvo un fracaso rotundo en regiones habitadas por nómadas. Su estrategia de conquista por medio de presidios y misiones no parece haber servido entre los pueblos nómadas. Aunado a lo anterior, los colonos ingleses, desde el principio de su colonización, empujaron a las tribus desde sus regiones originales hacia el sur y el suroeste donde se encontraban las tierras de otras tribus indígenas más débiles. Fue la ley del más fuerte, y apaches, kikapús, lipanes, comanches y muchos otros oriundos de las tierras de los Grandes Lagos acabaron viviendo en las tierras de la Nueva España en lugares inhóspitos, donde ni las fuerzas españolas ni sus misioneros podían controlarlos.

Desde 1825, con la llegada de Joel Poinsett, el primer enviado diplomático estadunidense ante el gobierno de México, Estados Unidos había pedido cambio de línea fronteriza para, entre otras cosas, —decían— hacerse cargo de las tribus indígenas que no hacían más que depredar la región y que el gobierno estadunidense consideraba que México no podía controlar. Pasados los años, con el artículo xi del Tratado de Guadalupe Hidalgo se aceptó su deseo de encargarse de las tribus.

Al haber cambio de territorio, las tribus sólo esperaron a constatar que no llegaban refuerzos militares estadunidenses a la frontera para lanzarse de nuevo sobre las poblaciones fronterizas. Del lado mexicano devastaron Reynosa y Camargo, pero fue la Villa de Mier la más dañada pues sufrió ataques indígenas constantes. Las tribus llegaron hasta las inmediaciones de Monterrey después de asolar a todos los poblados fronterizos. Recordamos haber leído una comunicación de los vecinos de Coahuila diciendo que desde la época en que se celebró el tratado de paz con Estados Unidos, las incursiones de los bárbaros que vivían dentro de su territorio, y en especial de los comanches, no habían dejado de violar la frontera. Procedieron a acusar al vecino país de no contener esas invasiones y por lo tanto de incumplimiento del artículo xi del tratado.

Estados Unidos había aceptado hacerse cargo de los aproximadamente 180 000 indios que vivían en los territorios obtenidos de México. Era lo que habían pedido desde la llegada de su primer ministro a México y, sin embargo, la situación en la nueva frontera era un caos. ¿Por qué?

En los informes posteriores a la guerra con México, se lee que ante el fuerte déficit que ésta había causado, el Congreso estadunidense había decidido ahorrar. Los nuevos territorios, excepto California, en donde se había dado un enorme auge con la fiebre del oro, llegaron a considerarse como un elefante blanco hasta el grado que uno de los partidos políticos propuso que fueran devueltos a México. El gran problema consistía en cómo reducir los gastos militares al mismo tiempo que cumplir el artículo xi, o sea, vigilar y controlar a las tribus. El ejecutivo recordó al Congreso que México demandaría indemnización ante las depredaciones, por lo que aquél envió cuatro agentes más adscritos al Departamento de Asuntos Indígenas pero el Congreso se mostraba renuente a enviar recursos económicos. Dieciocho meses después de ratificado el tratado, aún no se habían comisionado agentes para vigilar a los indios de California y de Nuevo México. El mismo Congreso había rechazado el artículo x del tratado en donde los comisionados habían establecido la prohibición de venta de armas a las tribus, por lo que éstas proliferaban entre los indígenas.

El panorama se ensombreció aún más con el comienzo de las invasiones filibusteras. Las reclamaciones diplomáticas mexicanas no se hicieron esperar y también, por supuesto, las demandas económicas por lo destruido y depredado. La solución fue pedir a su embajador que gestionara una modificación del tratado. Las negociaciones diplomáticas consiguieron abrogar el artículo xi por medio del Tratado de La Mesilla, firmado en diciembre de 1853. Sin embargo, las depredaciones hechas por las tribus continuaron tanto del lado norte del río como al sur de éste. Causaron enormes problemas no sólo económicos y de pérdida constante de vidas, sino reclamaciones diplomáticas continuas.

Los ataques de los indígenas proporcionaron el argumento esgrimido por el gobierno estadunidense para negarse a reconocer al gobierno de Porfirio Díaz. Además de alegar que éste había subido al poder por medio de golpe de estado, le achacaban el no poder mantener la paz en la frontera, sobre todo por no controlar las devastaciones de los indígenas. Para reconocerlo exigían que hubiese paz al sur del Río Bravo. Las autoridades estadunidenses declararon que el cruce de frontera les era necesario para su propia defensa. De nuevo los periódicos hicieron referencia a la amenaza de una guerra si México no ordenaba su frontera, clausuraba su zona libre y permitía al ejército estadunidense cruzar la frontera en persecución de indios y bandoleros.

A su vez México acusaba al gobierno estadunidense de permitir el paso a quienes venían a robar ganado, además de no castigarlos, y en general a depredar los pueblos fronterizos. Al recibir noticias del inminente cruce de la tropa del general Stephen Ord, a principios de la década de 1880, Porfirio Díaz ordenó al general Gerónimo Treviño y a su ejército que se trasladaran a la frontera e impidieran el cruce. Mientras tanto, basado en razones económicas, el gobierno estadunidense por fin había aceptado reconocer a Díaz. De ahí que se dieran órdenes de cooperación a ambos generales y no tardó mucho en darse un convenio de mutuo permiso para cruzar la frontera en persecución de indios y bandoleros. Fue esa unión de los ejércitos la que permitió a los dos países vencer al famoso Jerónimo y sus apaches y masacrar o meter en reservaciones al resto de las tribus revoltosas.

No obstante lo anterior, el pacto para el cruce recíproco duró de 1882 a 1886 para subyugar a la mayoría de los apaches, pero ataques subsecuentes provocaron que se pidiera su renovación hasta muy entrada la década de los años 90. La docena de tribus que habita en ambos lados de la frontera, y que ha resistido todos los intentos de asimilación, continuó causando problemas de violencia hasta la década de 1920. En la actualidad estos mismos indígenas cruzan la frontera de manera ilegal y viven en una enorme pobreza.4 Ambos países han fallado en la asimilación o cuidado de sus indígenas fronterizos.

 

El filibusterismo

Además de los indígenas, varios grupos de ciudadanos estadunidenses, insatisfechos con la línea fronteriza, empezaron desde el mismo año de las ratificaciones del tratado a bajar a tierras mexicanas con el pretexto de ayudar a detener a las tribus, pero en realidad, como lo consigna la historia, iban a cometer actos de rapiña o de invasión de ciudades y pueblos fronterizos.

Éstos recibieron el apodo de “filibusteros” es decir, piratas de tierra. El tratado no había satisfecho el ansia de tierra de muchos pobladores fronterizos estadunidenses, puesto que muchos estaban convencidos que la riqueza minera de California tenía, por razones geográficas, que descender a Baja California y Sonora. Aunado a lo anterior, el auge de oro californiano disminuyó en unos cuantos años, mientras que el flamante estado se llenaba de aventureros. Ahí se fraguaron las expediciones filibusteras a Baja California y Sonora. William Walker se apoderó del puerto de Ensenada y procedió a declarar la instauración de la “República de Baja California” con él como presidente. Ni qué decir que falló en su propósito, pero lo más interesante es que, ante las protestas del gobierno mexicano, puesto que tales invasiones de territorio también entraban en el artículo xi, un jurado popular en California no sólo absolvió a Walker del acto ilegal, sino que manifestó su tristeza de que no hubiera triunfado la invasión.

Otra de las connotadas expediciones filibusteras al noroeste de México fue la comandada por Gastón de Raousset Boulbon. Como Walker, el noble francés había llegado a California esperando obtener ganancias con la fiebre del oro. Al ver frustrada su esperanza decidió bajar hacia Sonora donde creía que continuaban las vetas. En el financiamiento de la expedición estuvieron involucrados intereses mercantiles estadunidenses, el cónsul francés y un grupo de mexicanos que, ingenuamente, creyó en el ofrecimiento de Boulbon para luchar contra las invasiones indígenas. Fue una expedición que se prolongó hasta que el gobierno sonorense “vio la luz” y mandó fusilar a Boulbon.

Mientras tanto, la frontera mexicana colindante con Texas también se veía envuelta en la violencia filibustera. Ahí surgió el plan de formar la “República de la Sierra Madre”. Su historia es muy complicada e implicó a un grupo grande de gente durante varios años. El primer intento tuvo lugar antes de la guerra y fue causado por el pleito entre federalistas y centralistas; el segundo se dio en junio de 1849 cuando se publicó, en inglés, en un periódico de Brownsville, Texas, la llamada “Declaración de Independencia de los Siete Estados Septentrionales de la Sierra Madre”. En ella, los redactores, que no se identificaron, hicieron una lista de las causas que les habían llevado a la declaración. Su enumeración, que consta de varios puntos, expresó que estaban cansados de los continuos cambios políticos, de los impuestos cada vez más gravosos, de los ejércitos que sólo servían para oprimir al pueblo, de que la religión fuera atacada, de la violación a la propiedad privada, las falsas promesas de impartir educación, del hambre, la pobreza y el sistema de peonaje. La declaración está fechada en Matamoros, el 16 de junio.

Sin embargo, se sabe que la anterior nunca se proclamó en esa ciudad, porque el complot fue descubierto antes de que se declarara. La situación se complicó con la rebelión encabezada por José María Carvajal, de ascendencia mexicana pero al servicio de los comerciantes texanos, para conseguir la reducción de impuestos sobre los artículos que exportaban a México. La complicada situación perduró a través de los años entre dimes y diretes de ambas cancillerías, acusándose mutuamente del estado de rebelión que guardaba la frontera. El problema acabó en 1862 cuando el presidente Benito Juárez nombró al texano José María Carvajal, gobernador de Tamaulipas. ¿Por qué? No se sabe. Quizá por la misma razón que Porfirio Díaz empleaba a los asaltantes como rurales. Lo que sí sabemos es que la década de 1850 se caracterizó por la tremenda violencia en la frontera, no obstante las órdenes pacificadoras desde Wáshington, mas no de las autoridades locales.

La mayoría de las historias del filibusterismo escriben que el último filibustero fue Henry Crabb, quien invadió Sonora en los años 60. Sin embargo, en la península de Baja California se sabe que se planearon dos expediciones filibusteras a Ensenada, una en 1888 y otra en 1892. La primera se proyectó porque, al mismo tiempo que tenía lugar en San Diego una fuerte depresión económica, se descubrió oro a 100 kilómetros al sur de Ensenada, en un poblado llamado San Rafael. Las noticias acerca del auge de oro fueron muy exageradas y en menos de una semana el lugar se vio lleno de gambusinos extranjeros. Muchos estadunidenses empezaron a pedir la compra de Baja California, petición que el gobierno mexicano ignoró; acto seguido hablaron de anexión. Una partida de ex confederados conformó un grupo filibustero llamado “Orden del Campo de Oro” cuya finalidad no sólo era apoderarse de Baja California sino de Sonora para establecer una república que después anexarían a Estados Unidos. El intento de dicho grupo fracasó porque sus planes fueron descubiertos por un periódico de San Francisco. El segundo intento se le achacó a la Compañía Inglesa que había comprado la concesión de la Compañía Internacional, de propiedad estadunidense, para colonizar Ensenada. Por supuesto que el gobierno mexicano se quejó nuevamente de la poca vigilancia sobre la frontera estadunidense.

 

La Mesilla o la última vez que se cambió la línea

El problema de La Mesilla se originó desde el momento mismo de las discusiones sobre la fijación de límites territoriales. Según el Tratado de Guadalupe Hidalgo, los comisionados debían terminar su labor antes de un año de ratificado. Los trabajos empezaron mucho más tarde y la delegación mexicana no tardó en acusar a la estadunidense de estar más ocupada en otros asuntos que en el trazo de la línea divisoria. Desde finales de la década de los años 40, los estadunidenses estaban muy interesados en comenzar a construir una línea ferroviaria que uniera a Texas y California. Según los estudios del teniente Emory, el lugar adecuado era una depresión del valle del río Gila al suroeste de El Paso (Texas). Tal detalle no fue comunicado a Nicholas Trist, por lo que la frontera se fijó al norte del sitio indicado por Emory.

Mientras los geógrafos y los agrimensores sostenían innumerables polémicas, un grupo de personas de Nuevo México se trasladó a la región, aduciendo que no querían vivir en territorio estadunidense. En el interin el gobierno estadunidense nombró a William Carr Lane gobernador militar de Nuevo México; éste procedió a declarar que toda el área al norte de El Paso pertenecía a Nuevo México y lo había sido durante muchos años, por lo que envió un oficio al gobernador de Chihuahua, en donde le pedía la entrega del territorio de La Mesilla. El gobernador comunicó al secretario de Relaciones que había recorrido el territorio para informarse del número de hombres con que se contaba en caso de una invasión. El jefe político de la región, a su vez, le informó que el gobernador de Nuevo México había solicitado una fuerza de voluntarios para ocupar el lugar. El gobernador de Chihuahua pidió instrucciones sobre la conveniencia de trasladar algunas de sus fuerzas a La Mesilla en caso de que llegaran los voluntarios de Nuevo México.

En cuanto se recibió el mensaje, el gobierno federal hizo saber su contenido al ministro de Estados Unidos en México, le recordó que el territorio disputado se encontraba dentro de los límites trazados por las comisiones de ambos países. A su vez informó al gobernador de Chihuahua que el secretario de Guerra había dictado órdenes para la marcha de unidades de artillería y el envío de dinero con el fin de ayudarlo “[…] si desgraciadamente llega el caso de que sea hostilizado, repela la fuerza con la fuerza”.5 El ministro de México en Wáshington ya tenía instrucciones de presentar las quejas pertinentes.

Mientras tanto, el gobierno estadunidense había empezado a esgrimir la excusa habitual de que los habitantes de la región preferían vivir bajo su jurisdicción. El grupo de angloamericanos, la minoría entre los habitantes de La Mesilla, declaró ser partidario de la unión con Nuevo México, mientras que los mexicanos optaron por Chihuahua. En este punto los historiadores divergen: los mexicanos ratifican que el territorio había pertenecido siempre a Chihuahua, excepto durante los años de 1821 a 1848 cuando perteneció a Nuevo México. Las acciones de los filibusteros, las agrias discusiones sobre Tehuantepec, las protestas por violaciones al tratado y el asunto de La Mesilla contribuyeron al resurgimiento de un ambiente bélico en la frontera.

En el ámbito de los gobiernos, el estadunidense ordenó a su ministro participar al mexicano que Estados Unidos dudaba de la equidad de los límites establecidos por el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Los periódicos estadunidenses publicaron innumerables artículos con mapas declarando que la región era suya. Había comenzado la corta pero reñida lucha por el territorio de La Mesilla. Como era su costumbre, Estados Unidos invocaría toda clase de justificaciones para lograrlo.

Aún cuando el Tratado de La Mesilla volvió a cambiar la línea fronteriza, a nuestro parecer su importancia radicó en la abrogación del artículo xi del Tratado de Guadalupe Hidalgo. La razón que argüimos es que fue la venta de un pequeño territorio en el que sólo había dos fuertes de importancia, Tucsón y Tubac, con una población aproximada de 300 personas, más las minas de cobre de Santa Clara.

Ésta fue la última vez que se cambió la frontera y tuvo lugar en 1854. Se hizo a instancias del gobierno estadunidense, que pretendía establecer una línea de ferrocarril para unir los mercados texanos con el auge minero de California. Por motivos desconocidos la línea férrea nunca se construyó. El territorio vendido fue una especie de mal menor, ya que era el más pequeño contenido en las cuatro opciones de compra presentadas por el ministro James Gadsden al gobierno mexicano. Como hemos dicho, la mayor importancia de ese pedazo de tierra de aproximadamente 10 000 kilómetros cuadrados era el fuerte de Tucsón, más algunas minas de cobre en la región. La desaparición del artículo xi, en cambio, tuvo enormes repercusiones en el desarrollo de la historia de la frontera, como ya se ha visto en el inciso sobre las tribus indígenas. Al cambiar de manos su vigilancia se les concedió, por motivos ya dichos, mucha libertad para depredar los pueblos fronterizos. Esto originó un sin fin de problemas diplomáticos, puesto que las tribus que vivían del lado mexicano eran consideradas ciudadanas del país, mientras que a las del lado estadunidense se les veía como naciones extranjeras. De ahí que México tuviera que responder por las depredaciones de sus tribus en el otro lado del río, mientras que el gobierno de Estados Unidos no estaba comprometido a nada con las tribus.

Sin embargo, el punto central para la historia de la frontera fue la amenaza esgrimida por el gobierno estadunidense para que la venta de La Mesilla tuviera lugar. Esto sentó un precedente: cada vez que el susodicho gobierno quiere algo, amenaza con causar daños a la frontera si sus peticiones no son escuchadas o si el gobierno mexicano lo contradice en cuestiones de política internacional. De ahí las exigencias para cruzar la línea impuestas a ciudadanos mexicanos y/o a sus mercancías, cuando esto sucede. El caso de La Mesilla o la compra de Gadsden, como se conoce en la historia estadunidense, fue la última adquisición de territorio mexicano; ninguna amenaza sirvió para que se les vendiera más tierra. La línea fronteriza establecida por el Tratado de La Mesilla es la misma de ahora. Lo importante es que desde entonces el gobierno mexicano ha rechazado innumerables peticiones de compra de tierra.

 

La zona libre

De las poblaciones fronterizas de mediados del siglo xix, Matamoros era la más importante, dado su buen puerto de altura llamado Bagdad. Su ocupación por el ejército estadunidense durante la guerra del 46 le originó muchos problemas. De ahí que, en la década siguiente, sufriera penurias económicas al igual que las villas cercanas. Aunado a eso, fue invadida por filibusteros estadunidenses o mexicano-estadunidenses pagados por los comerciantes de las riberas del norte del Río Bravo que temían perder el comercio de la frontera. Abrir aduanas pudo ser benéfico para restablecer el comercio, totalmente destruido durante la guerra del 46 y, ante la negativa del gobierno federal, el gobernador, Juan José de la Garza, decidió en 1858 importar bienes europeos para venderlos en las poblaciones fronterizas, tanto mexicanas como estadunidenses. Tres años más tarde, el Congreso mexicano aprobó lo que se llamaría zona libre; al no tener que pagar impuestos, pues los artículos se consideraban en tránsito, éstos resultaron baratos para los estadunidenses. El puerto de Bagdad creció mucho, sobre todo porque en 1861 comenzó de la Guerra de Secesión en Estados Unidos. El gobierno confederado, es decir, de los estados del sur, aprovechó Bagdad para enviar desde ahí su algodón a los países europeos. Por ahí importaba lo que antes compraba de los estados del norte conocidos como de la Unión. Para esa época, la población de la región de Matamoros había aumentado a 50 000 habitantes y la economía era, por primera vez, muy próspera pues en la década de los años cincuenta recibía y exportaba muchas mercancías.

Con la imposición del imperio de Maximiliano a México, empezaron regir las leyes aduanales que harían decaer el comercio de la zona libre. Al finalizar éste, y como consecuencia del restablecimiento del comercio y la economía del país, fueron los comerciantes poblanos los que más se quejaron de su competencia. Al mismo tiempo, los estadunidenses empezaron a pedir la intervención de su gobierno para poner fin al comercio que llegaba por Bagdad al que se tildaba como contrabando. Sin embargo, en una rara instancia de independencia ante una petición estadunidense, en 1870 el gobierno mexicano extendió la zona libre a los estados de Nuevo León y Coahuila. En 1876, a pesar de las protestas estadunidenses el presidente Porfirio Díaz no sólo apoyó su existencia sino la extendió a El Paso del Norte, y en 1885 hasta las costas del Pacífico. Así fue como tuvo lugar el primer crecimiento demográfico de la frontera norte; de todas partes del país arribaron los comerciantes con familias y empleados. Con la llegada de los ferrocarriles, en la década de los años 80, el grueso del comercio se cambiaría hacia la frontera central, específicamente a Nuevo Laredo y El Paso del Norte.

Sin embargo, los comerciantes del interior del país se unieron a los estadunidenses demandando la regulación de la zona libre. Lograron que se expidiera una ley aduanal que obligaba a los comerciantes establecidos en la zona libre a pagar impuestos en las mercancías importadas. En 1896, se elevó el impuesto lo que, aunado a la devaluación del peso, forzó la disminución del comercio. En 1890 un peso valía 92 centavos estadunidenses y en 1896 sólo 90 centavos. La oposición a la existencia de la zona libre aumentó de tal manera que en 1905 el gobierno de Porfirio Díaz la eliminó y la frontera volvió a caer en la penuria.6 

 

Los ferrocarriles y el desarrollo de los pueblos fronterizos

La época anterior y la de la construcción de los ferrocarriles se entrelazaron. Se “tenía” que acabar con indios y bandoleros que obstruían su camino. En 1881 tuvo lugar la llegada del ferrocarril a Nuevo Laredo y a través de Laredo se unió a los cuatro ferrocarriles estadunidenses que conectaban a esa ciudad con varios puntos del país del norte. El famoso ferrocarril Central Mexicano llegó en 1884 de la Ciudad de México a El Paso del Norte, población que cuatro años más tarde cambiaría su nombre al de Ciudad Juárez.

Como ya se dijo al hablar de la zona libre fueron los trenes los que desplazaron a las ciudades de Reynosa y Matamoros como las de mayor importancia en la frontera e hicieron la frontera central (El Paso del Norte y Nuevo Laredo) el eje del nuevo comercio. Como se recordará a estas ciudades se les había incluido en la zona libre desde 1870 y después en 1885 esta se había extendido hasta el Pacífico.

Con el arribo de los ferrocarriles a las comunidades de la frontera norte sus vidas tuvieron un gran cambio. Las viejas comunidades perdieron importancia mientras que El Paso del Norte se convirtió en la aduana más importante de la frontera. Además, los ferrocarriles fueron la causa de fundación de nuevos pueblos. Sin lugar a dudas, fue la llegada de los rieles la que promovió un gran cambio en su historia. Poblaciones que habían vivido aisladas del resto del país finalmente se integraron a la vida de la nación.

Hasta la década de 1880, Matamoros con su puerto en Bagdad, como ya se mencionó, había jefaturado el comercio de la famosa zona libre. Sin embargo, en 1881 el ferrocarril no llegó a Matamoros sino a Nuevo Laredo y con ello el centro del comercio se empezó a cambiar hacia esa ciudad. No sólo se unió a la Ciudad de México sino que a través de Laredo se conectó con los cuatro ferrocarriles que ahí llegaban: el Texas-Mexican de Corpus Christi, el International y el Great Northern además del San Louis Missouri.

La población de los dos Laredos creció de tal manera que se pidió la construcción de un puente internacional en vez del “ferry” utilizado hasta ese momento.

Nuevo Laredo prosperó y se convirtió en la garita de mayor importancia en el noreste mientras Roma, Mier y Camargo pasaron a segundo lugar.

Los primeros ferrocarriles en llegar a la zona fronteriza central fueron los estadunidenses que unieron a El Paso con el resto de Estados Unidos. Unos años más tarde llegó el Ferrocarril Central Mexicano (1884) de la Ciudad de México a El Paso del Norte. Así se aceleró el intercambio comercial con el centro de México. El Paso del Norte se convirtió en auxiliar de una nueva red comercial que conectaba al interior de la república con Estados Unidos. Gracias a ser empalme de varias líneas importantes, El Paso se convirtió en un importante centro ferrocarrilero.

Pese a que El Paso del Norte no tenía línea de este a oeste, su conexión con el interior del país le proporcionó mucha prosperidad en lo que quedaba del siglo. Se convirtió en la principal ciudad comercial de la república, como garita de entrada y distribución de mercancía extranjera y como salida de las exportaciones mexicanas al extranjero.

En 1888, El Paso del Norte cambió su nombre al de Ciudad Juárez, en honor de la estancia del benemérito durante la intervención francesa y, junto con El Paso americano, se convirtieron en las poblaciones más importantes de toda la región fronteriza.

Por cierto que para ese año ya habían surgido nuevas poblaciones en la frontera mexicana. Nogales, Sonora fue una villa totalmente creada por el ferrocarril. A petición de los comerciantes de Guaymas en Sonora y de los intereses mineros en la región, el gobierno accedió a crear una aduana fronteriza que rápidamente se convirtió en pueblo. Ahí entroncó el llamado ferrocarril de Sonora con el ferrocarril de Kansas City, Missouri. Nogales, Arizona, era punto de convergencia de las grandes líneas de ferrocarriles estadunidenses. De gran importancia fue la traza urbana de estas dos poblaciones, ambas constituyen una unidad, cruzada por la línea internacional. La unidad era y es tal que se llega al grado que algunas de sus calles empiezan del lado mexicano y continúan del lado estadunidense. Un caso perfecto de interdependencia en lo que se llama “ciudades gemelas”, las cuales iniciaron en la década de los años 50 por El Paso-Ciudad Juárez.

El 25 de marzo de 1884, el presidente Manuel González expidió una ley que declaraba que no causarían derechos de importación los productos extranjeros que se almacenaran en Nuevo Laredo, Matamoros, Piedras Negras, El Paso del Norte y Nogales, como parte de la zona libre. La población del lado sonorense tenía ya los habitantes necesarios para ser cabecera del municipio erigido el 9 de julio de 1884. En ese mismo año se llamó al ferrocarril la Compañía del Ferrocarril de Sonora.

En unos cuantos años surgieron otros puntos fronterizos: Naco en Sonora, se fundó para permitir el ingreso del ferrocarril estadunidense que llevaba maquinaria a las minas de Cananea. Éste siguió la línea trazada por los dos Nogales, por lo que junto con su vecina, Naco en Arizona, son también un ejemplo de ciudad gemela. Un año después, con el arribo del ferrocarril Naco-Cananea, ambos pueblos se poblaron. En 1907 un ramal del Sud Pacífico mexicano se construyó de Nogales a Villa Verde y a éste se incorporó el de Naco-Cananea conectándose así a Guadalajara y la Ciudad de México.

Las poblaciones de Agua Prieta en Sonora y Douglas en Arizona deben su fundación a la misma causa: los pueblos se formaron cuando se inició la construcción del ferrocarril de Douglas al mineral de Nacozari de García. La gran cantidad de cobre a exportar motivó la fundación de la aduana de Agua Prieta. El pueblo se formó en junio de 1903 cuando se arregló la dotación del fundo legal entre el gobierno de Sonora y Pedro Camou, dueño original de los terrenos. Fue el tercer caso, en Sonora, de pueblos gemelos en los que la minería y el ferrocarril desarrollaron una historia conjunta.

Así fue como los ferrocarriles efectuaron otro gran cambio en la frontera, tan importante como el ocasionado por el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Los resultados de ese gran cambio, obvia decirlo, fueron desarrollo económico, aumento poblacional y sobre todo una nueva relación de frontera entre México y Estados Unidos, que si bien no dejaría de ser conflictiva, creó la interdependencia entre esas poblaciones pequeñas y aisladas, lo que les permitió un cierto grado de desarrollo.

 

Las compañías deslindadoras

Paralelo al cambio e inicio del desarrollo en la frontera del noroeste, tuvo lugar otro movimiento igualmente importante: el de las compañías deslindadoras y colonizadoras, que se pusieron de moda desde 1880, con el gobierno del presidente Manuel González. Quizá las más famosas en la frontera fueron las concesionadas en Ensenada, Baja California, donde se dieron los casos de dos compañías extranjeras. Ahí una compañía de capital estadunidense, “The International Company of México”, atraída por la gran especulación de tierra que tenía lugar en el sur de San Diego, quiso colonizar la región. Ensenada existía desde mediados de siglo como área de pequeños ranchos, donde tuvo lugar la invasión filibustera de William Walker.

Durante el gobierno del presidente Manuel González y en un esfuerzo por desarrollar las zonas no colonizadas del país se decretó en 1883 una nueva ley de colonización que permitió la entrada de capital extranjero. Esa ley ha sido muy criticada porque se dice que permitió el monopolio extranjero de tierras mexicanas. Una lectura de la ley quita esa impresión, ya que los 31 artículos de la ley trataron de proteger las regiones concedidas. Crearon tal cantidad de requisitos que sirvieron de arma de la que se valió el gobierno para, posteriormente, anular las concesiones que no hubieran cumplido con ellos. Como ejemplo citaremos algunas:

 

a) Las corporaciones o individuos debían empezar los trabajos de deslinde a los tres meses de su obtención.

b) Las compañías debían determinar el tiempo exacto en que iban a introducir un número específico de colonos.

c) Los colonos debían tener un certificado de conducta y ser trabajadores.

d) Cada colono debía presentarse ante el juez federal a declarar si tenía la intención de adquirir la nacionalidad mexicana.

e) Los colonos, en todo, estarían sujetos a las decisiones de los tribunales mexicanos.

f) Los colonos que abandonaran la tierra que habían comprado por más de un año, la perderían.

g) El ejecutivo haría contratos directos y específicos con cada compañía.7

 

Ensenada era importante porque se le consideraba frontera, ya que todavía no se había fundado Tijuana. George Sisson y Luis Hüller, los primeros concesionarios, lograron interesar a un grupo de capitalistas estadunidenses y en marzo de 1885 constituyeron una compañía a la que llamaron la Compañía Internacional de México con sede en Hartford, Connecticut. La oficina de tesorería se organizó en Nueva York y se abrieron sucursales en Londres, Hamburgo, San Francisco y, por supuesto, en la Ciudad de México. Nombraron como presidente de la compañía a Edgar T. Welles, quien había sido secretario de Marina en Estados Unidos. Todos ellos, creyendo conocer la región, intentaron aprovechar el auge de venta de tierra que se llevaba a cabo en ese preciso momento en el sur de California. Sabían que para mediados de 1886 estaban llegando cientos de colonos a las inmediaciones de San Diego y que el 13 de noviembre de ese año seis mil personas se habían presentado a la subasta de lotes en Coronado. La población de San Diego aumentó en doce mil personas ese año. No hay duda que esas noticias incrementaron el entusiasmo de los accionistas de la compañía por lo que podía hacerse en Baja California. Toda su propaganda fue copiada de lo que se publicaba en San Diego, que por cierto era muy exagerada en cuanto a las bondades de la región.

En cuanto a su organización, la compañía decidió fundar seis consorcios auxiliares, cada uno con un capital variable entre uno y cinco millones de dólares. Dos de los consorcios se encargarían del futuro ferrocarril, uno del negocio de guano, uno de los almacenes, otro de los futuros muelles y el sexto consorcio a lo que llamaron el negocio de la fibra. Se les otorgó, además, la concesión para construir un ferrocarril San Diego-Ensenada-Yuma y organizar una línea de barcos entre San Diego y Ensenada.

Los estadunidenses procedieron a trazar una ciudad con todas las comodidades de la época con el propósito de atraer colonos estadunidenses. Según la compañía se gastaron entre trescientos y quinientos mil pesos en deslindar y marcar terrenos. En marzo de 1887 un grupo de accionistas visitó Ensenada y gracias a sus escritos sabemos que encontraron un pequeño pueblo de doscientos a trescientos habitantes que vivían en sencillas casas de madera. El edificio más importante era la aduana construida de adobe y pintada de blanco. Un estadunidense, Charles Bennet, tenía una pequeña empacadora y un molino de harina. El jefe político operaba otro molino de harina en su rancho. Como única actividad, aparte de las mencionadas, se encontraba un pequeño grupo de trabajadores, empleados de la compañía, construyendo un hotel y un edificio para oficinas. Con el grupo de accionistas llegó el inspector Teófilo Masac, enviado por el gobierno mexicano a investigar el proyecto. Dado a que todo empezaba y la compañía mostraba proyectos muy organizados, Masac mandó un buen informe a la capital.

Durante dos años los periódicos de la compañía se dedicaron a inventar proyectos que no se llevaban a cabo. Aun así, pocos colonos se animaron ya que para llegar a Ensenada había que hacerlo por mar. El otro gran problema era la falta de agua potable. Para principios de 1888, la compañía estaba metida en serios litigios: había sobrestimado su capital, creado compañías subsidiarias en demasía y sus deudas eran enormes.

Desde que los periódicos de la capital del país habían publicado las noticias acerca de la concesión a la Compañía Internacional el clamor en su contra iba en aumento. Se escribía de nuevo la historia de Texas y se prevenía al gobierno de lo que sucedería.

El gobierno del presidente Porfirio Díaz procedió a enviar a otro inspector, esta vez a un abogado de la oposición con la idea de convencer a la ciudadanía que el desarrollo de la Compañía Internacional era legal. El general Carlos Pacheco, secretario de Fomento, fue quien le entregó sus instrucciones, en las que le ordenaba hacer un examen minucioso de la situación. Al llegar a Ensenada, el inspector Sánchez Facio anotó las obras llevadas a cabo por la compañía: el muelle de 250 metros, un pequeño desembarcadero de diez metros, tres hoteles, varias casas para los empleados residentes en el lugar, la oficina principal, una bodega y un establo. Sánchez Facio también mencionó el plano que se había levantado para la urbanización de la pequeña ciudad. Después de efectuado un censo de la población, el inspector supo que el pueblo de La Ensenada tenía 1 373 habitantes a los que se debían restar 190 soldados. Sólo 247 de los colonos tenían certificado de la Compañía a los que había que restar 118 que no habían hecho uso de sus certificados. De los 129 restantes, 101 eran extranjeros y 28 mexicanos, lo que constituía una violación al contrato de colonización que pedía un mínimo de 30 por ciento de mexicanos como colonos. El proyecto fracasó por no haber podido llenar las condiciones que su contrato con el gobierno mexicano exigía tales como: haber terminado en un plazo de dos años el deslinde y la medición de los terrenos de su concesión. Además, la compañía no había podido conseguir las 50 familias de colonos que establecía su contrato con el gobierno mexicano. A lo anterior se añadieron otras cláusulas que tampoco cumplió.

Sánchez Facio estuvo nueve meses en la región de Ensenada. Su informe, aunado a las dificultades económicas, terminó con la Compañía Internacional. Al darse cuenta de tantas anomalías, aconsejó a las autoridades que declararan su posición al gobierno mexicano y solicitaran la reforma de su contrato.8  Amenazada con perder su concesión, la compañía se valió de numerosas relaciones, lo que le consiguió el permiso para vender sus derechos a una compañía inglesa que se interesaba en la región. En esos momentos el gobierno de Porfirio Díaz tenía gran interés en conseguir la entrada de capital inglés al país en un esfuerzo por reducir la influencia estadunidense. Fueron las razones de política internacional que explican la facilidad con que la compañía pudo vender a una empresa inglesa.

El 11 de mayo de 1889, la compañía estadunidense “Internacional de México” vendió a la compañía inglesa “Mexicana de Terrenos y Colonización” la concesión para comprar y colonizar terrenos en la Baja California entre los paralelos 29 y 32 grados de latitud norte.

 

La Compañía Mexicana de Terrenos y Colonización

En septiembre de 1889, la Secretaría de Fomento autorizó la venta y la enajenación de propiedades de la Compañía Internacional a la compañía inglesa “Mexicana de Terrenos y Colonización”. Precisamente en enero de ese año, el diputado estadunidense E. Vanderbeg consiguió que la Cámara de Diputados en Wáshington aprobara una resolución pidiendo al ejecutivo que iniciara negociaciones con México para la compra de Baja California. La razón para tal petición parece haber sido la noticia de la llegada de la Compañía Inglesa a la península. No se podía permitir, decía, que lo que pensaban ser un apéndice de California cayera en manos inglesas a la manera estadunidense. La prensa contribuyó arguyendo que México tenía abandonada la Baja California y que la compra se imponía para poder pasar por ahí los canales necesarios para la irrigación del Valle Imperial. Decían tener que proteger las inversiones estadunidenses y evitar la entrada de chinos.9  A las protestas de México, el Departamento de Estado contestó que no aprobaba la resolución del Congreso.

Mientras sir Edward Jenkinson se ocupaba en organizar las concesiones a la compañía tanto en Baja California como en Sonora y en Chiapas, en San Diego se conspiraba para la anexión de la península. Por medio de los documentos recopilados por Anna Marie Hager en su libro Los filibusteros de 1890, sabemos que el capitán John F. Janes se había dedicado a la propaganda de la idea de la anexión desde 1883. Quería convertirla en el estado de California del Sur con San Diego como su capital. En la edición del periódico del 16 de febrero de 1884 escribió:

San Diego, la única salvación para tu región es comprar la Baja California, anexarla o tomarla con un ejército filibustero jefaturado por el mayor Horace Bell. Prepárense para tomar Baja California y les prometo conseguir quinientos hombres para la aventura.10

Lo que había sucedido en San Diego fue que entre 1884 y 1888 había tenido lugar una fuerte especulación de tierras, lo que generó una profunda depresión en 1889. Como resultado, la población descendió de treinta y cinco mil personas a dieciséis mil y muchas fortunas se perdieron. En medio de la depresión habían llegado noticias de un nuevo descubrimiento de oro en el viejo campo minero del Álamo, a cien kilómetros de Ensenada. Los periódicos de San Diego fueron los responsables de las exageradas noticias acerca del oro cuyas vetas pronto se extinguieron.

Mientras tanto, en California se seguía intrigando a favor de la anexión de la península. En julio de 1888 el coronel J. K. Mulky fundó una sociedad secreta llamada “Orden del Campo de Oro” cuya finalidad era apoderarse del norte de Baja California y de Sonora. Pensaban llevar colonos a las dos regiones, quienes en el momento propicio proclamarían la “República del Norte de México” para después anexarla a Estados Unidos. El coronel Mulky afortunadamente solicitó voluntarios para la expedición. Uno de ellos era reportero del periódico San Francisco Chronicle quien, fingiendo querer ser voluntario, se enteró de todos los planes y los publicó en su periódico el 22 de mayo de 1890. Por indiscreción del coronel Mulky fracasó el intento de invasión.

Unos cuantos meses después B. A. Stephens, socio de la expedición fracasada, trató de organizar un segundo atentado. Según se publicó después, el mayor Buchanan Scott, gerente de la Compañía Inglesa le ofreció cien mil dólares para llevar a cabo la expedición. ¿Por qué iba a querer una invasión? Se dijo que, al pertenecer su concesión a Estados Unidos, ésta subiría un cien por cien. Según los expedicionarios, Scott había ofrecido las bodegas de la compañía para almacenar armas. La explicación en sí era rebuscada, pero consiguió sus fines que parecen haber sido el minimizar la influencia de la Compañía Inglesa en la región. El segundo atentado filibustero también pareció fracasar, pero en realidad triunfó, pues el gobierno mexicano mandó llamar a Scott para que diera explicaciones. Al no haber pruebas en su contra fue exonerado y enviado a Inglaterra.

La Compañía Inglesa siguió trabajando en la región, pero ya bajo la sospecha del gobierno. Entre 1891 y 1892 empezó la construcción de un ferrocarril de San Quintín a Ensenada. Se gastó mucho dinero en la construcción de un muelle, una bodega y un hotel en San Quintín. Los directores de la compañía presumían que sus propiedades valdrían cien dólares el acre cuando se construyera el ferrocarril. Para los proyectos de irrigación, pues San Quintín se planeaba como un centro de producción de trigo, se hicieron planes para una presa y se compró tubería de la compañía de agua de San Diego. Además, se estableció un gran molino de trigo y se comenzó a experimentar con semillas diversas. Los proyectos de la compañía eran muy ambiciosos: se habían empezado las obras para dragar el puerto y permitir la entrada de barcos de gran tonelaje. Sin embargo, en medio de la fiebre de construcción y cuando ya se tenían tendidos 26 kilómetros de vía, el presidente Porfirio Díaz llamó a los directores de la compañía a la Ciudad de México, pues los habían acusado de complicidad en un nuevo intento filibustero para apoderarse de la región. A uno de los directores se le había visto en San Diego en compañía de un grupo de estadunidenses, miembros de un grupo anexionista. La acusación del jefe político de Ensenada empeoró la situación. Así se le comunicó al embajador de la Gran Bretaña en México. El gobierno mexicano pidió el cambio de directores y la reorganización de la compañía. Convencida de la imposibilidad de llevar colonos, la compañía se dedicó a la administración de su línea de vapores y a sus propiedades mineras, además de la recolección y exportación de guano. La Compañía Inglesa sobrevivió a la revolución hasta que, en 1917, Venustiano Carranza revocó su concesión por incumplimiento de contrato.

Así terminó el experimento de las compañías deslindadoras en las comunidades fronterizas aunque otra de ellas, la de Chihuahua también fue muy sonada. Dado que no es frontera el tema no se incluirá en este relato.

Como se ha visto, en las últimas décadas del siglo xix hubo un importante desarrollo de la frontera norte, favorecido por la instalación de compañías mineras extranjeras que a su vez propiciaron el tendido de vías para llevar el ferrocarril a las comunidades fronterizas ya existentes o recién fundadas. La minería, las compañías colonizadoras, la ganadería y la agricultura comercial atrajeron grandes inversiones extranjeras, sobre todo estadunidenses. El deseo del presidente Porfirio Díaz de equilibrar las inversiones estadunidenses con inglesas tuvo poco éxito en las tierras fronterizas.

 

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* Doctora en Historia por la unam, miembro del sni, académica de la Universidad Autónoma de Querétaro; e-mail: anmoyano@hotmail.com

 

Notas:

 

1 Citado por Ángela Moyano Pahissa, México y Estados Unidos, origen de una relación, 1819-1861, México, sep-Frontera, 1985, p. 175.

2 Tom Miller, En la frontera, México, Alianza Editorial, 1981, pp. 33-35.

3 Ángela Moyano Pahissa, Frontera. Así se hizo la frontera norte, México, Editorial Ariel-Planeta, 1996, pp. 71-73.

4 Óscar Martínez, Troublesome Border, Tucsón, University of Arizona Press, 1988, p. 77.

5 Citado por Moyano, México y Estados Unidos…, Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores México, Expediente 1-2-566, f. 26.

6 Samuel Bell, The Zona Libre, 1858-1905, a Problem in American Diplomacy, El Paso, University of Texas Press, 1982, pp. 19-25.

7 Carlos Pacheco y Manuel Sánchez Facio, La controversia acerca de la política de colonización en Baja California, México, sep-uabc, 1997 (Colección Baja California: Nuestra Historia, núm. 12), pp. 111-119.

8 Ibidem, pp. 75-80.

9 Luis G. Zorrilla, Historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos, México, Porrúa, 1965, v. 2, p. 59.

10 Citado por Anna Marie Hager, comp., The filibusters of 1890. The captain John F. James and Lower California newspaper reports and the Walter G. Smith manuscript, Los Ángeles, Dawson’s Book Shop, 1968 (Baja California Travels Series, 14), p. 28.