El filibusterismo en el noroeste de México

un análisis historiográfico

 

Lawrence Douglas Taylor Hansen*

 

El filibusterismo constituye uno de los rasgos sobresalientes de la historia de la región fronteriza entre México y Estados Unidos después de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, que puso fin a la guerra entre los dos países.1 Este hecho, junto con todos los elementos de drama y  aventura relacionados con este fenómeno, lo ha convertido en el tema preferido de los historiadores de este periodo.

Durante muchos años después de la firma del tratado de paz, la región septentrional de México quedó muy aislada del centro del poder político-económico de la nación. Varios problemas relacionados con la frontera provocaron violaciones a la soberanía territorial de cada país y, en la mayoría de los casos, México resultó el más perjudicado.

Dado que en muchas partes de la región fronteriza no era factible mantener una economía próspera, especialmente una basada en la agricultura, varios de los habitantes se dedicaban al contrabando y al abigeato. La escasez de población en la zona, y la falta de militares y medidas gubernamentales para mantener la paz y el orden, condujeron a la proliferación de forajidos que utilizaron esa región y el chaparral como escudo para proteger sus actividades ilícitas. Aunque los gobiernos de México y Estados Unidos concentraron tropas adicionales en la frontera, no existía suficiente personal para mantener un control adecuado sobre la región.2 

Entre 1851 y 1857, también hubo varias incursiones filibusteras contra la región noroeste de México, con el propósito de conquistarla por la fuerza.

Los ataques de este tipo contra México no se originaron durante este periodo, sino que ya había varios precedentes de este tipo de agresiones. En 1806, el aventurero Aaron Burr emprendió un proyecto, que eventualmente fracasó, con el propósito de crear un imperio del suroeste formado por el territorio nuevamente adquirido de Luisiana y la parte septentrional de la Nueva España.3  Durante las primeras dos décadas del siglo xix, algunos grupos de hombres armados, como los encabezados por Philip Nolan y James Long, hicieron incursiones al territorio de Texas.4 En California, el primer caso de filibusterismo ocurrió en 1845, cuando el explorador John C. Fremont ayudó a fomentar una rebelión entre los colonizadores del territorio, que condujo a su anexión a Estados Unidos al término de la guerra de 1846 a 1848.5

Aunque algunos ciudadanos de otros países participaron en tales actividades, Estados Unidos se ganó una reputación como nación filibustera. Desde el fin de la guerra con México y el estallido de la guerra civil estadunidense, abril de 1861, varias expediciones filibusteras procedentes de Estados Unidos invadieron Cuba, México y América Central. Tenían como objetivo el de apoyar a las facciones revolucionarias o para conquistar  ciertos territorios y establecer gobiernos locales, algunos de los cuales solicitarían la anexión de estos países o regiones a Estados Unidos —así lo esperaban muchos expansionistas, en particular los sureños, quienes querían balancear la agregación de nuevos estados libres a la Unión Americana con la de otros estados o territorios en que operaba la esclavitud negra. Las más notables de estas expediciones fueron las encabezadas por el venezolano Narciso López para liberar a Cuba del control de los españoles (1849-1851); las dirigidas a Yucatán, Sonora y Baja California para separarlos de México (1848-1857), y las del aventurero estadunidense William Walker contra Nicaragua (1855-1860).6  

El propósito principal de este trabajo consiste en analizar los principales aspectos y corrientes en la historiografía sobre el filibusterismo en el noroeste de México. Se indaga, en particular, sobre las razones por las diferencias de interpretación y puntos de vista entre los historiadores estadunidenses y mexicanos sobre el tema. También se dirige la atención sobre los esfuerzos que se han realizado para ubicar el estudio del filibusterismo dentro de un contexto mucho más amplio que en el caso de los historiadores más antiguos. 

 

El legado histórico del filibusterismo y su impacto

Aunque se han escrito numerosas obras sobre la historia de las expediciones filibusteras en el noroeste de México, los puntos de vista de los historiadores mexicanos y extranjeros, principalmente estadunidenses, respecto al tema, han sido marcadamente distintos.

Esto resulta hasta cierto punto comprensible, en vista de que los asaltos filibusteros a la región del noroeste acentuaron el odio y la desconfianza de los mexicanos respecto a Estados Unidos y sus ciudadanos, surgidos de conflictos anteriores, como la guerra de independencia de Texas (1835-1836) y la guerra de 1846-1848. La expedición encabezada por Walker, en particular, complicó las negociaciones entre Estados Unidos y México sobre la compra del territorio de la Mesilla y causó que los políticos mexicanos fueran, de aquel momento en adelante, más precavidos en cuanto a la cesión de tierras a países extranjeros. Tales conflictos con el país vecino, junto con la intervención francesa de la década de 1860, así como las concesiones favorables a inversionistas extranjeros efectuadas por el gobierno porfiriano, hicieron patente para los mexicanos la necesidad de inculcar la unidad nacional. Al mismo tiempo, se desarrollaba entre ellos una fuerte xenofobia, que serviría como un potente elemento unificador de las diferentes facciones revolucionarias que surgieron en las décadas siguientes al comienzo de la revolución de 1910.

En parte, la divergencia de enfoque entre los historiadores estadunidenses y mexicanos surge de diferencias respecto a los significados o connotaciones del término “filibustero” en los países de habla inglesa y española. Durante el periodo de exploración y colonización del nuevo mundo, el término “filibustero”, derivado de la palabra holandesa vrijbuiter (freebooter, en inglés, y flibustier, en francés), se empleaba originalmente para referirse a un bucanero o pirata en busca de botín.7 En Estados Unidos, a partir de la década de 1850, adquirió un nuevo significado: se utilizaba para denotar una expedición organizada y patrocinada ilegalmente por intereses particulares en territorio neutral para participar en acciones bélicas en diferentes países y regiones del mundo. El término también hacía referencia a los integrantes de tales expediciones, no todos los cuales eran extranjeros, así como a la nave en que viajaban.8   

Cabe señalar, sin embargo, que la palabra en español continuó reteniendo su antiguo significado, es decir, de referirse a una expedición filibustera como una empresa “pirática”.9  Por ejemplo, en un editorial publicada en el periódico El clamor público del 28 de agosto de 1855, Francisco P. Ramírez, destacado periodista de Los Ángeles, al comentar sobre la expedición que Walker dirigió contra Nicaragua en aquel año, declaró que, “La historia del mundo nos dice que los anglosajones eran al principio ladrones y piratas, igual que otras naciones en su infancia [...]”.10

Esta divergencia en las interpretaciones del significado del término ha sido uno de los factores principales de las diferencias en las opiniones de los historiadores estadunidenses y latinoamericanos con respecto a las características y motivaciones de los filibusteros.

 

El filibusterismo y los historiadores estadunidenses

A menudo, las diferencias de enfoque se han debido al etnocentrismo, así como al uso exclusivo, o casi exclusivo, por parte del historiador de las fuentes de su propio país, que desde luego son mucho más accesibles.

Algunos historiadores estadunidenses, como James Fred Rippy y James Morton Callahan, que escribieron sobre la historia de las relaciones entre Estados Unidos y México en las primeras décadas del siglo xx, concluyeron que, en general, el gobierno mexicano había sido más responsable que su contraparte estadunidense por las dificultades existentes con respecto a la región fronteriza entre ambos países —entre ellas el filibusterismo— debido a la situación de inestabilidad política y corrupción existente en México a lo largo de la primera mitad del siglo xix, así como su incapacidad —sea por la falta de recursos o voluntad política— para desarrollar sus territorios en el norte. Al relatar los hechos de esta manera, sus opiniones reflejaban ciertos prejuicios y elementos de parcialidad, en gran parte porque sus investigaciones no estaban basadas en una consulta adecuada de las fuentes históricas mexicanas. 11

Es cierto que existían algunos factores internos de México que, conjuntamente, hicieron que quedara vulnerable a los planes y ambiciones de los líderes filibusteros. Hubo una larga serie de cuartelazos, revueltas y guerras civiles durante el periodo comprendido entre 1821 y 1876, cuando Porfirio Díaz asumió la presidencia. Las fuerzas militares del gobierno nacional también eran débiles. Las áreas fronterizas del norte, que en general constituían los blancos de ataque de los filibusteros, carecían de habitantes y quedaban muy lejos del centro de poder en la Ciudad de México. Aún después de la construcción de las grandes líneas ferroviarias hasta la frontera durante la década de 1880, el noroeste, en particular, quedaba muy aislado del resto del país.

Sin embargo, estos historiadores ignoraban que, a pesar de los problemas que el gobierno mexicano enfrentaba en el periodo después de la guerra con Estados Unidos, intentó fortalecer su control sobre la zona fronteriza del norte y limitar las incursiones de indígenas y forajidos provenientes de Estados Unidos. Estaba consciente de que existía la posibilidad de que el gobierno estadunidense realizara nuevos intentos para extender sus territorios hacia el sur. Por lo tanto, adoptó ciertas medidas, como el establecimiento de una nueva serie de colonias militares en la región, así como el de promover su poblamiento con mexicanos repatriados y del sur de México, con el fin de aumentar el número de habitantes de esta inmensa zona.12 

La parcialidad mostrada por historiadores como Rippy y Callahan continuó caracterizando hasta cierto punto el trabajo de muchos investigadores estadunidenses que escribieron sobre la historia de la región fronteriza, y del filibusterismo en particular, durante muchos años. Esta tendencia empezó a cambiar notablemente aproximadamente a partir de 1970, con la publicación de The Liberators: Filibustering Expeditions into Mexico, 1848-1862 and the Last Thrust of Manifest Destiny, de Joseph A. Stout (1973),13 y el ya citado libro de Charles Harvey Brown, Agents of Manifest Destiny: The Lives and Times of the Filibusters (1980). En particular el libro de Scout, que constituía el estudio más detallado sobre las expediciones publicado hasta aquel entonces, se basaba fundamentalmente en los expedientes sobre el filibusterismo que se encuentran guardados en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores en la ciudad de México, así como la consulta de otras fuentes primarias en los archivos y bibliotecas de los dos países.

Hace un par de años (2002), Stout publicó otro estudio titulado Schemers and Dreamers: Filibustering in Mexico, 1848-1921.14 En esta obra, Stout subraya el hecho de que, con respecto a la región fronteriza del norte de México, el filibusterismo perduró hasta bien entrado el siglo xx. Aun cuando los intentos filibusteros de la década de 1850 en Sonora y Baja California fueron derrotados por los mexicanos, persistía el temor entre los habitantes de estas regiones sobre la posibilidad de una futura separación de estas áreas de México y su anexión a Estados Unidos. Su preocupación parecía ser justificada, sobre todo en el caso de Baja California, en donde se realizaron fuertes inversiones extranjeras durante el porfiriato. En 1888 y 1889 se hicieron proyectos filibusteros dirigidos por los estadunidenses J.K. Mulkey, B.A. Stephens, Augustus Merril, Edward Hill, John F. Janes y hubo otros entre 1888 a 1890, en colusión con la Mexican Land and Colonization Company, una empresa británica, con el propósito de anexar la península a Estados Unidos, que finalmente fracasaron.15

El gobierno de Estados Unidos también consideraba a Baja California como una región estratégica en términos del contorno geopolítico del Pacífico. La flota del Pacífico estadunidense, por medio de una concesión otorgada por el gobierno de Benito Juárez, utilizó de 1861 a 1924 la bahía de Pichilingue, cerca de La Paz, como estación carbonera. La de Magdalena, ubicada en el litoral occidental del Distrito Sur de la península, fue utilizada como base de adiestramiento y maniobras para dicha flota de 1907 a 1910, cuando el presidente Díaz rehusó renovar su arrendamiento.16 La idea de anexar la península a Estados Unidos llegó a echar raíces en la mente de muchos ciudadanos de ese país, sobre todo de los que vivían en Texas y los estados del suroeste, cerca de la frontera. Estas personas opinaban que Baja California tenía poco valor para los mexicanos y que, en cambio, podía ser de gran beneficio para la futura grandeza y prosperidad de su propio país. A lo largo de la primera mitad del siglo xx hubo varias propuestas formales en torno a la compra de la península por parte del gobierno estadunidense.17         

Durante muchos años, los historiadores estadunidenses se enfocaban en el papel que tuvieron la llamada “doctrina del Destino Manifiesto” y las ambiciones expansionistas prevalecientes en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo xix como las fuerzas motivadoras principales detrás de los movimientos filibusteros contra México y otras regiones.18 

La noción de Destino Manifiesto alcanzó su etapa de desarrollo pleno durante la época jacksoniana, siendo su órgano principal de difusión la revista mensual The Democratic Review, fundada en 1837 por John L. O’Sullivan, inmigrante de origen irlandés. En una serie de artículos publicados en esta revista a mediados de la década de 1840, O'Sullivan argumentaba que la política anexionista estadunidense era necesaria para evitar que otras naciones se apoderaran del continente. No sólo debían ser anexados los territorios de Texas y California, sino también aquellos gobernados por los británicos y manejados por medio de empresas comerciales de esta nacionalidad, tales como la Compañía de la Bahía Hudson. “De hecho —comentaba O’Sullivan—  hay mucho anexionismo entre la generación actual, a lo largo de toda la frontera norte [entre Estados Unidos y las colonias británicas de la América del Norte], aunque aún no se haya puesto en práctica”.19 

Hasta cierto punto, el filibusterismo constituía una manifestación de la idea de Destino Manifiesto y del expansionismo estadunidense. Las expediciones dirigidas contra el norte de México en la década de 1850 fueron vistas favorablemente por los estadunidenses que opinaban que su gobierno no había sido suficientemente exigente al negociar el tratado de paz de 1848 como para despojar a México de sus territorios. Se pensaba como Stephen A. Douglas, el senador del estado de Wisconsin, quien declaró:

las leyes del progreso que nos han convertido, de unos pocos ciudadanos, a una nación poderosa, deberían continuar dominando la conducta de una nación y obligarla a seguir el curso de su destino hacia el sur.20 

El presidente James Buchanan, quien había abogado por la represión del filibusterismo, también apoyaba los propósitos expansionistas de los estadunidenses al aseverar: “Sin duda es el destino de nuestra raza el esparcirse sobre este continente de América del Norte [...] la ola de inmigrantes afluirá hacia el sur, y nada puede detener su avance”.21 

Tales ideas perjudicaron los esfuerzos de las autoridades estadunidenses para hacer más eficaces las leyes sobre la neutralidad promulgadas en 1818, que declaraban ilegal la organización de expediciones filibusteras en territorio nacional y establecían fuertes multas contra los transgresores.22 El filibusterismo provocó debates agrios en el Congreso y el Senado y, como resultado, el gobierno al fin y al cabo adoptó medidas débiles para resolver el problema. Esto fue particularmente cierto en la administración de Franklin B. Pierce (1853-1855).23 Jefferson Davis, secretario de Guerra, por ejemplo, ayudó a reprimir las expediciones contra Cuba durante este periodo y aprobó la táctica adoptada por el general Persifer F. Smith y el capitán Sidney Burbank para interceptar la expedición encabezada por James H. Callahan contra Piedras Negras, en octubre de 1855.24  No obstante, en algunos de sus discursos públicos, Jefferson elogiaba las hazañas de William Walker en México y Nicaragua y, en abril de 1854, censuró al general John E. Wool por ser demasiado activo en sus esfuerzos por evitar que los filibusteros cruzaran a México desde California.25

Otros historiadores, al profundizar sobre los diversos aspectos del expansionismo estadunidense, atribuyeron las incursiones filibusteras del siglo xix a una diversidad de factores: al espíritu marcial que prevalecía en el sur de Estados Unidos antes de la guerra civil, a la geopolítica en torno a los proyectos para la expansión de la esclavitud estadunidense en las Américas, así como al desorden y desempleo que ocurrió en California a consecuencia del agotamiento de los yacimientos de oro. Frederick Merk, quizás el escritor más destacado sobre la historia del expansionismo estadunidense, argumentaba que el filibusterismo fue motivado adicionalmente por el sentido de misión por parte de algunos estadunidenses de querer “regenerar” las naciones de América Latina, así como el espíritu del materialismo que lo acompañaba. Muchos estadunidenses, aseveraba Merk, dieron su apoyo a estas expediciones al creer que podrían ayudar a llevar a cabo este ideal.26

En las décadas más recientes, sin embargo, algunos historiadores estadunidenses han aseverado que aquellos hombres que participaban en las expediciones filibusteras que invadieron al noroeste de México y otras regiones, no fueron inspirados fundamentalmente por nociones en torno al Destino Manifiesto, sino más bien por un espíritu de aventura que surgió a través del proceso de colonización de los territorios del interior de  Estados Unidos. Como señala Stout, si bien estos hombres fueron productos de su época y reflejaban el espíritu de Destino Manifiesto, fueron motivados esencialmente por su propia búsqueda del poder y de la aventura.27

Sobre este aspecto clave de la historia del filibusterismo en la región del noroeste —las fuerzas sociales subyacentes que crearon y estimularon el surgimiento del filibusterismo dentro de la sociedad estadunidense de mediados del siglo xix—, se han realizado pocos estudios. Al examinar los factores que provocaron su surgimiento, los historiadores han prestado poca atención al ambiente cultural en que floreció, sus características fundamentales, así como sus consecuencias de largo alcance referentes a las relaciones entre las naciones involucradas, tanto agresoras como víctimas.

Uno de las excepciones en este sentido es el estudio del historiador estadunidense Robert E. May titulado “Young American Males and Filibustering in the Age of Manifest Destiny”.28 May ha mostrado que aunque el ejército estadunidense dedicó una parte sustancial de su tiempo y recursos a defender las leyes de neutralidad en las fronteras norte y sur, los sentimientos profilibusteros permearon el cuerpo entero de oficiales y soldados rasos durante la época anterior a la guerra civil. El servicio militar formal y el filibusterismo representaban dos opciones de carreras competitivas. La desmovilización de una gran parte de las unidades militares estadunidenses después de la guerra de 1846 a 1848, dio lugar a circunstancias que facilitaron el reclutamiento de voluntarios para las expediciones filibusteras. En consecuencia, varios ex oficiales y soldados del ejército estadunidense participaron en ataques filibusteros contra México, Canadá y otras regiones, o colaboraron con tales movimientos.29  

También existía cierta simpatía entre el público estadunidense hacia el filibusterismo, lo que complicó los problemas enfrentados por el gobierno y el ejército en sus esfuerzos por reprimirlo. Desde la época colonial, los estadunidenses se habían acostumbrado a recurrir a las armas para apoyar una causa u otra, en lugar de respetar la voluntad de las autoridades establecidas. Muchos de ellos, especialmente  quienes habían pasado su juventud en áreas rurales, acostumbraban el uso del mosquete, del rifle y de otras armas pequeñas. No pudieron evitar ser influidos por los ejemplos de la historia de su país respecto a la conquista y la explotación de pueblos de piel más oscura -indios, negros y mexicanos- en nombre del progreso, tal como los jóvenes de otros países anglosajones habían sido adoctrinados con la idea de que su raza e instituciones eran superiores a las de otros pueblos, lo que justificaba su comportamiento en naciones extranjeras.

El filibusterismo, que aportó a Estados Unidos varios héroes, mártires y villanos, formaba parte de la vida cultural del país durante el periodo anterior de la guerra civil. Los periódicos y revistas publicaban artículos y editoriales sobre conspiraciones, batallas y juicios relacionados con actividades filibusteras. Había reuniones organizadas para conseguir dinero y reclutas para las expediciones; también había desfiles, canciones populares, obras teatrales y conferencias. Todo esto influyó en la mente del público, de manera que el filibusterismo ayudó a definir lo que significaba ser estadunidense. Tal como un escritor lo comentó en la revista Harper's Weekly del 10 de enero de 1857: "El espíritu insaciable del filibusterismo [...] constituye una de las virtudes más atractivas de nuestros compatriotas." Aunque algunos estadunidenses se avergonzaban de las depredaciones cometidas por los filibusteros en países extranjeros, muchos expresaron su respeto y admiración por el valor mostrado por estos hombres, quienes a menudo luchaban en condiciones muy adversas.30

El filibusterismo ejercía una fascinación particular en la población adulta joven de Estados Unidos. Durante las décadas inmediatamente anteriores a la guerra civil, aumentó notablemente esta actividad debido a la llegada de numerosos inmigrantes de muchas naciones europeas, proceso acompañado por una urbanización creciente y una modernización acelerada que, a su vez, provocó considerable inquietud social. Acostumbrados a cambios frecuentes de residencia y ocupación en el ambiente móvil que caracterizaba a la colonización del continente, muchos estadunidenses jóvenes llegaron a considerar al filibusterismo simplemente como otro paso de este proceso.

La época en que vivían también era de un idealismo radical. A los jóvenes de las áreas rurales y urbanas, algunos de los cuales habían sido lectores ávidos de las novelas de Sir Walter Scott o de los relatos en torno a los héroes del folclor estadunidense, como Daniel Boone, les gustaba la oportunidad de poder participar en el tipo de aventura que el filibusterismo aparentemente ofrecía. Fue únicamente después, cuando habían experimentado un poco lo que era la guerra verdadera, que comenzaron a reflexionar sobre el asunto.31

Sea como fuere, el filibusterismo, en general, no se caracterizaba por el idealismo en el sentido político o filosófico de la palabra; sus adeptos, por el contrario, se guiaban por consideraciones personales. En algunos casos, los líderes de las expediciones declararon que sus metas consistían en liberar a países dominados por gobiernos tiránicos y corruptos, pero en realidad buscaban el prestigio que una victoria en la guerra podría proporcionarles. Es probable que algunos de los voluntarios reclutados por los dirigentes de las expediciones filibusteras hayan sido motivados por un deseo sincero de ayudar a pueblos en lucha contra la opresión. La mayoría, empero, eran o jóvenes que, como se mencionó, buscaban la aventura, o una mezcla con otros tipos de personas —vagos, desempleados, ladrones, etcétera— quienes fueron atraídos por las promesas de pago, raciones y equipo equivalentes a lo que recibía el personal militar estadunidense de aquella época, además de las parcelas de tierra, minas y otras formas de riqueza que les serían entregadas a ellos después del término exitoso de la campaña.32  Varios hombres, por ejemplo, que no habían logrado hacerse ricos en los campos auríferos de California, se unieron a las expediciones de filibusteros estadunidenses y franceses que invadieron Sonora y Baja California con este propósito.33

Dado que el filibusterismo estaba profundamente enraizado en el ambiente cultural estadunidense de aquella época, no es sorprendente que los jurados, integrados por miembros de un público diverso, frecuentemente dejaban libres a los que habían sido arrestados bajo el cargo de haber violado las leyes de neutralidad del país. Por ejemplo, aunque William Walker y los remanentes de su "ejército" fueron tomados prisioneros por la tropa estadunidense al intentar entrar de nuevo a Estados Unidos después de su incursión a Baja California en 1854, pronto fueron dejados en libertad supuestamente por la falta de suficientes pruebas en su contra.34    

En resumen, a lo largo del siglo xx, los estudios estadunidenses sobre el filibusterismo se alejaron gradualmente del tipo de historia diplomática tradicional, basada fundamentalmente en fuentes nacionales y cargada con ciertos prejuicios y enfoques, a uno que, con el tiempo, ha llegado a abarcar otros acontecimientos y factores de la época en que las expediciones ocurrieron para explicar sus causas y naturaleza. Con el objeto de seguir indagando sobre estos aspectos, algunos estudios, como en el caso de los May, han explorado las características de la sociedad estadunidense del periodo, en un intento para explicar más a fondo las razones detrás del surgimiento del filibusterismo, particularmente durante el periodo de 1848 a 1860.    

 

El filibusterismo y la cuestión de la “complicidad” mexicana

Los historiadores mexicanos, por su parte, han tratado el filibusterismo con una parcialidad semejante a la de sus contrapartes estadunidenses al no haber consultado, en muchos casos, la gran cantidad de documentación relacionada con el tema existente en los archivos y bibliotecas de Estados Unidos. Tienden a ver las incursiones filibusteras en el noroeste de México como empresas de tipo pirático, cuyo propósito consistía en quitar a México territorio adicional que no había sido cedido a Estados Unidos por el tratado de 1848. Como tales, constituyeron, aseveran, un aspecto de la idea del Destino Manifiesto profesada por muchos estadunidenses de la época. Motivados en parte por sentimientos nacionalistas, los historiadores mexicanos también se han mostrado reticentes a reconocer cualquier complicidad por parte de los mexicanos de la época en términos de fomentar o participar en los movimientos filibusteros.35 

Dicho enfoque no toma en cuenta algunas de las peculiaridades o características de una región fronteriza y de las fuerzas opuestas que operan allí. Los habitantes de las regiones fronterizas no se sienten atraídos hacia el centro ni circunscritos por los límites territoriales de su autoridad; a menudo desarrollan intereses propios que no siempre armonizan con los del gobierno central. La frontera, en realidad, constituye una zona de transición entre el núcleo de un país y el territorio de otro, representativa de elementos que no están completamente asimilados o contentos con cualquiera de las dos naciones, situación que propicia una interacción mutua entre sus pueblos.36 

Si bien es cierto que las incursiones filibusteras del noroeste de México no pueden ser separadas del contexto general de la guerra de 1846 a 1848 y del expansionismo estadunidense a lo largo de la primera mitad del siglo xix, es indispensable al mismo tiempo, considerar la situación con respecto a la región en cuestión durante la década de 1850 y de los proyectos para la colonización de la zona para comprender cabalmente la historia de estos movimientos. Las condiciones de inestabilidad que imperaban en la región fronteriza norteña de México después de la guerra con los Estados Unidos, junto con el estado crónico de las luchas internas en aquel país, dieron lugar a una situación favorable para los proyectos filibusteros.

Al no poder atraer a inmigrantes mexicanos a la zona, y de preferencia a colonos estadunidenses, los gobiernos federal mexicano y sonorense intentaron estimular el asentamiento de colonos europeos en la región, con la esperanza de que éstos servirían como un baluarte contra los indios u otra invasión por parte de los estadunidenses. Los mexicanos se opusieron a la entrada de estadunidenses a la zona, y aquéllos que llegaron como miembros de las expediciones encabezadas por Joseph C. Morehead (1851 a 1852) y Henry A. Crabb (1857), fueron recibidos con hostilidad.37 Las expediciones colonizadoras dirigidas por Charles de Pindray (1851 a 1852) y el conde Gastón Raousset-Boulbon (1852 a 1854) mostraron que los grupos de colonos europeos, sobre todo aquéllos que portaban armas, podrían constituir una amenaza a la soberanía mexicana en la región igual de peligrosa que los estadunidenses.

Aunque un grupo reducido de los miembros de la primeras expediciones colonizadoras francesas -las que fueron encabezadas por Pindray y T.P. Sainte-Marie-, permanecieron en Sonora durante un tiempo como granjeros y mineros, la mayoría se unieron posteriormente a la revuelta dirigida por Raousset contra el gobierno sonorense y fueron expulsados subsecuentemente de la región.38  Las autoridades militares y civiles sonorenses se mostraron más precavidas que el gobierno federal referente a esta cuestión de la colonización de las zonas limítrofes del país por parte de extranjeros. Ignorantes de los problemas y condiciones peculiares de Sonora, el gobierno nacional no comprendía los peligros inherentes en la llegada a esta región de grupos de este tipo de colonos, cuyos líderes no estaban dispuestos a someterse a las autoridades locales.39

Estos proyectos colonizadores también estuvieron estrechamente ligados con la “fiebre de oro” que ocurrió en Sonora durante este periodo. Esta “fiebre de oro”, si bien fue de reducidas proporciones en comparación con la de California, puede ser vista como una extensión de la gran búsqueda de los metales preciosos que se había iniciado en aquella región y que después de pocos años se había extendido sobre una gran parte de los territorios de Norteamérica a lo largo de la costa del Pacífico y hacia el interior del continente. Aunque durante este periodo algunos grupos de mexicanos participaron en la búsqueda de oro en las tierras áridas del norte de Sonora, un número significativo de los mineros que penetraron esta zona eran extranjeros, la mayoría de ellos de nacionalidad estadunidense y francesa. Varios de estos hombres pertenecían a las ya mencionadas expediciones colonizadoras y esperaban encontrar oro y plata en esta zona poca poblada.

Los extranjeros que llegaron a Sonora a lo largo de la década de 1850, supuestamente motivados por el deseo de practicar la minería o convertirse en colonos, se volvieron cada vez más agresivos y llegaron a constituir, incluso, un peligro para la seguridad del estado. Al fracasar en sus intentos por controlar y regular el flujo de buscadores de oro, a los sonorenses no les quedaba otra alternativa más que rechazar con las armas los ataques de los agresores. Si no hubieran adoptado la determinación firme de defender su tierra a toda costa, es probable que Sonora hubiera experimentaba el mismo destino que California y Texas.40 

La cuestión en torno de la participación más directa de los mexicanos en las expediciones filibusteras requiere un análisis más profundo del conflicto entre las facciones federalista y centralista, que fue particularmente intenso al nivel regional. Al ser ignoradas sus peticiones de apoyo al gobierno federal para detener los ataques por parte de indios y forajidos, la mayoría de los estados norteños comenzaron a formar coaliciones de defensa mutua. La formación de tales pactos regionales provocó consternación entre los dirigentes del gobierno central, dado que se rumoraba que siete de los estados que se habían agrupado en una coalición —Chihuahua, Durango, Jalisco, Coahuila, Zacatecas, San Luis Potosí y Tamaulipas—, pronto se separarían del resto de la república y que podría conducir, con el tiempo, a su anexión a Estados Unidos.41 

También existía el peligro de que, en el caso específico de Sonora, algunos de los habitantes pudieran buscar apoyo en Estados Unidos para acabar con la lucha civil en la entidad. El coronel José María Carrasco, quien fue designado comandante general de Sonora en diciembre de 1850, y quien era admirador de la estabilidad y las instituciones políticas de Estados Unidos, había sugerido, en por lo menos una ocasión que los sonorenses acaudalados contribuyeran con fondos para contratar a un aventurero estadunidense para “quitarles a sus gobernantes detestables”.42 Otros mexicanos expresaron opiniones semejantes. El diputado  Mariano Paredes, por ejemplo, recomendó la secesión de Sonora del resto del país con el propósito de buscar apoyo estadunidense para combatir a los apaches y otras tribus hostiles. Es posible que la supuesta invitación por parte de algunos disidentes sonorenses a Morehead para participar a su lado en una sublevación en contra de las autoridades centrales haya tenido sus orígenes en estos movimientos secesionistas.43 

Sea como fuera, las supuestas alianzas entre los grupos filibusteros y las facciones gubernamentales o rebeldes sólo eran aparentes y carecían de una armonía de intereses en el fondo. Esto se mostró muy claramente durante el primer intento por parte de Raousset-Boulbon de conquistar a Sonora, cuando, después de su toma de Hermosillo en octubre de 1852, no logró persuadir a los sectores influyentes de la sociedad sonorense a tomar las armas en contra del gobierno nacional y, por ende, fue obligado a negociar una tregua con las fuerzas militares sonorenses dirigidas por el general Manuel María Gándara.44 

También fue evidente en el caso de la expedición “colonizadora” conducida a Sonora por Crabb en 1857. Durante una visita a Sonora durante el año anterior, 1856, acompañado por su cuñado, Agustín Ainza, Crabb supuestamente hizo un trato con el general Ignacio Pesqueira, líder de la facción federalista del estado, en el cual aquél se comprometió a apoyarle con una fuerza de voluntarios de California en su lucha contra el gobierno centralista, encabezado por el general Gándara. Pesqueira y los demás dirigentes federalistas supuestamente acordaron, una vez que resultaran victoriosos, entregar, a sus aliados, concesiones mineras, así como una cantidad no especificada de terrenos y dinero. Los adictos de Gándara, al intentar desprestigiar el movimiento encabezado por Pesqueira, acusaron a éste de haber hecho una alianza con los gringos para ganar el poder. Al mismo tiempo hubo rumores, divulgados por la prensa sonorense controlada por Pesqueira, respecto al supuesto apoyo de Gándara en favor del proyecto de Crabb y Ainza para traer a un grupo de colonos estadunidenses a Sonora. Después de derrotar a las fuerzas de Gándara y tomar el control del estado, Pesqueira negó la existencia de un pacto con Crabb. Esta situación, junto con el hecho de que nunca llegaron los refuerzos de Estados Unidos con los cuales Crabb contemplaba reunirse al llegar a Sonora, condujeron a la derrota subsecuente de los filibusteros en Caborca, en abril de 1857.

Aunque los historiadores no han encontrado pruebas definitivas que pudieran comprobar que cualquier de los dos caudillos sonorenses —Gándara o Pesqueira— hubiera entrado en negociaciones con Crabb, es probable que Pesqueira, al encontrarse en posición de debilidad frente al líder centralista cuando Crabb visitó a Sonora, hubiera hecho algún tipo de trato con el estadunidense.45 J.Y. Ainsa, sobrino de Agustín Ainsa, quien acompañó a Crabb en por lo menos una de sus visitas a Sonora, mantuvo que tal acuerdo de hecho existió.46 La expedición inicial de William Walker a Nicaragua era muy parecida a la de Crabb en Sonora, puesto que también estaba disfrazada como proyecto colonizador, cuando en realidad los "colonos" habían sido contratados como mercenarios en el servicio del general Máximo Jerez, comandante del ejército de Francisco Castellón, dirigente de la facción demócrata nicaragüense, en contra del partido legitimista gobernante del presidente José María Estrada.47 

El filibusterismo y la historia comparativa

Para comprender plenamente el fenómeno del filibusterismo, hay que verlo en un contexto mucho más amplio que los usados hasta ahora; sólo entonces será posible tener una idea más precisa de la verdadera magnitud y significado de este movimiento para los países y territorios afectados.

Faltan, por ejemplo, los estudios de tipo comparativo que podrían proporcionar una contextualización todavía más amplia en torno a esta cuestión de la colaboración mexicana con los movimientos filibusteros. Se podría, por ejemplo, comparar la situación con respecto a este tema con la relacionada con los movimientos separatistas en el noreste de México durante el periodo de 1835 a 1858. Durante las luchas entre federalistas y centralistas en los departamentos norteños de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, en algunas ocasiones los rebeldes norteños utilizaron la amenaza de secesión e independencia como táctica para obligar al gobierno nacional a restablecer en el país el sistema federalista, así como para llevar a cabo diversas reformas de tipo económico y social. Aquellos jefes federalistas rebeldes que se inclinaron hacia la secesión del resto de la república comprendieron que se podría realizar únicamente con el apoyo de los estadunidenses, y de hecho incorporaron a sus fuerzas contingentes de voluntarios texanos. Al mismo tiempo, también entendieron que cualquier alianza militar formal, en vista de los objetivos expansionistas de Estados Unidos, resultaría inevitablemente en la absorción de estos territorios a éste.48

De la misma manera, los historiadores tampoco se han dedicado al estudio del filibusterismo al nivel continental o hemisférico. No sólo las regiones mencionadas anteriormente fueron sujetas a ataques filibusteros, sino que otros países y territorios, tales como Canadá, Hawaii y Ecuador, también experimentaron asaltos semejantes. Referente a Canadá, los ataques llevados a cabo por los fenianos49 y otros grupos rebeldes entre 1837 y 1871, fue un factor importante que condujo a la confederación o unión de las colonias británicas de la América del Norte. En el caso de Hawaii, en 1851, los isleños formaron un cuerpo de piqueros para evitar el desembarco de la expedición de 24 hombres armados dirigidos por el mormón Samuel Brannan, quien quería obligar al rey Kamehameha iii de cederles algunas islas con el fin de colonizarlas. Respecto a Ecuador, en 1851, el ex presidente Juan José Flores, quien había sido derrocado en 1845, ocupó el puerto de Guayaquil con un grupo de voluntarios de Chile, Perú, Panamá y California. Los invasores permanecieron en la región hasta finales de 1852 cuando, al encontrar poco apoyo entre la población en general, abandonaron el proyecto.50 

En el transcurso de su desarrollo como nación, México compartió algunas de las mismas experiencias que otros países. Es preciso analizar, de manera conjunta, los varios movimientos filibusteros en la historia de las naciones de las Américas con el propósito de detectar sus distintas características en cuanto a motivos e inspiración, dirigentes, participantes, e impacto en las regiones afectadas. Únicamente entonces, será posible comprender la verdadera magnitud y el significado de estos ataques agresivos en la evolución histórica de estas áreas. 

 

Conclusiones

En general, ha existido una tendencia cada vez más grande  en la historiografía del filibusterismo en el noroeste de México de no limitar el estudio de este fenómeno a la historia de las varias expediciones en sí mismas, sino más bien intentar ubicarlas dentro de un contexto mucho más amplio. De esta manera, se ha logrado comprender más sobre los orígenes y el carácter de estos movimientos, así como sus efectos de largo alcance con respecto a la región en cuestión y las relaciones entre los dos países.

Al ampliar este enfoque por parte de los historiadores, se nota que, si bien el gobierno de Estados Unidos no trató de promover y organizar estas expediciones, los movimientos filibusteros formaron parte del contexto general del expansionismo económico y territorial estadunidense. Las expediciones filibusteras lanzadas en contra de México y otras regiones durante este periodo fueron fomentadas en parte por el sentimiento expansionista que prevalecía en los círculos gubernamentales y militares de Estados Unidos a mediados del siglo xix, especialmente en los estados del sur. Con la excepción de algunas de las expediciones —como las que fueron dirigidas por Pindray y Raousset-Boulbon—, estuvieron nutridas por las tradiciones violentas y el espíritu marcial de los estadunidenses.             

Aunque el filibusterismo constituye una parte significativa de la historia de la región fronteriza entre México y Estados Unidos, también forma parte importante de la evolución histórica de otros países y territorios. Los movimientos filibusteros a menudo han sido vistos como agresiones o ataques que se originaron desde afuera; sin embargo, en muchos casos formaron una parte de las luchas internas de los países y regiones en cuestión.

Si bien es cierto que los ataques filibusteros resultaron en considerable derramamiento de sangre y destrucción en general en las áreas afectadas, a la larga fortalecieron las campañas hacia la unidad nacional y regional. Visto desde esta perspectiva, el filibusterismo constituyó un paso —si bien doloroso— en el proceso de la construcción de la identidad nacional de los pueblos afectados. Al final de cuentas, esto podría ser el único aspecto de su legado que puede ser considerado como positivo y duradero.

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* Investigador de El Colegio de la Frontera Norte. Doctor en historia por El Colegio de México, sni1; e-mail: ltaylor@dns.colef.mx

 

Notas:

 

1 De hecho, el problema en torno al filibusterismo en la frontera persistió hasta bien entrada el siglo xx. En mayo de 1932, por ejemplo, el estadunidense Paul Lincoln Copeland intentó organizar en Sacramento, California, una expedición de aproximadamente 1 000 hombres armados para cooperar con una contemplada revuelta armada en el norte de Baja California. Manuel C. Téllez, secretario de Relaciones Exteriores, al secretario de Gobernación, 19 y 20 de mayo de 1932, en Archivo General de la Nación, Dirección General de Gobierno, serie 2.319.2( 30)1, caja 4, exp. s/n, en Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Autónoma de Baja California, Tijuana, B. C., caja 19, exp. 37.

2 J. Fred Rippy, “Border Troubles Along the Rio Grande, 1848-1860”, en The Southwestern Historical Quarterly, vol. 23, núm. 2 (octubre de 1919), pp. 92-93; Robert D. Gregg, The Influence of Border Troubles on Relations between the United States and Mexico, 1876-1910, Baltimore, Md., The John Hopkins Press, 1937, pp. 12-13; César Sepúlveda, La frontera norte de México: historia, conflictos, 1762-1982, segunda ed., México, Editorial Porrúa, 1983, pp. 83-85.

3 Humphrey J. Desmond, “An Opera Bouffe Conspiracy: Burr’s Dream of Empire”, en Humphrey J. Desmond, Curious Chapters in American History, San Luis, Mo., B. Herder Book Company, 1924, pp. 61-69; J. Leitch Wright, Britain and the American Frontier, 1783-1815, Athens, Ga., University of Georgia Press, 1975, pp. 137-150.

4 James Morton Callahan, American Foreign Policy in Mexican Relations, Nueva York: Macmillan, 1932, pp. 18-19; J. Frank Dobie, The Flavor of Texas, Austin, Tex., Jenkins Publishing Company, 1975, pp. 23-30; David M. Vigness, “The Coming of the Anglo-Americans”, en Ben Proctor y Archie P. McDonald, eds., The Texas Heritage, San Luis, Mo., Forum Press, 1980, pp. 19-34.

5 R.R. Stenburg, “Polk and Fremont, 1845-1846”, en Pacific Historical Review, vol. 7, núm. 3, septiembre de 1938, pp. 211-227.

6 William Oscar Scroggs, Filibusters and Financiers: The Story of William Walker and His Associates, Nueva York, The Macmillan Company, 1916, p. 4; Charles Harvey Brown, Agents of Manifest Destiny: The Lives and Times of the Filibusters, Chapel Hill, N.C., University of North Carolina, 1980, pp. 3, 17-18 y 459; William Walker, The War in Nicaragua, Tucsón, Ariz., University of Arizona Press, 1985, pp. 429-430.

7 Jacques Gall, El filibusterismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, p. 9; Frederic Rosengarten, jr., Freebooters Must Die!: The Life and Death of William Walker, the Most Notorious Filibuster of the Nineteenth Century, Wayne, Penn., Haverford House, 1976, pp. ix-x y 11; Luz del Carmen Vallarta, “Piratería: patentes de corzo”, en Cultura Sur, vol. 2, núm. 13, mayo-junio de 1991, p. 34.

8 Mitford M. Mathews, ed., A Dictionary of Americanisms on Historical Principles, Chicago, Ill., University of Chicago Press, 1951, pp. 604-605; Richard Slotkin, The Fatal Environment: The Myth of the Frontier in the Age of Industrialization, 1800-1890, Nueva York, Atheneum, 1985, p. 243. El historiador estadunidense Harris Gaylord Warren señala que mientras la expedición mantuviera intacta su organización, y simplemente incorporara un número limitado de reclutas a las fuerzas rebeldes del país atacado, retendría su carácter filibustero; si se aliaba con los insurrectos, perdería ese rasgo. Harris Gaylord Warren, The Sword Was Their Passport: A History of American Filibustering in the Mexican Revolution, Port Wáshington, N.Y., Kennikat Press, 1972, p. vii. El libro de Warren trata de la guerra de independencia en México de 1810-1821. Rosengarten, en su obra Freebooters Must Die!, citada anteriormente, mantiene erróneamente que el término “filibustero” todavía tenía este significado en el siglo xix, y que William Walker y los demás extranjeros que invadieron a México y América Central en la década de 1850-1860 eran “piratas” o “aventureros”.

9 Horacio Sobarzo, Crónica de la aventura de Raousset-Boulbon en Sonora, México, Librería de Manuel Porrúa, 1954, pp. 29-30; Brown, op. cit., p. 18; Vallarta, op. cit., p. 34.

10 Rodolfo Acuña, América ocupada: los chicanos y su lucha de liberación, México, Ediciones Era, 1976, p. 143.

11 J. Fred Rippy, The United States and Mexico, Nueva York, N. Y., Alfred A. Knopf, 1926; Callahan, op. cit.

12 Mariano Arista, “Military Colonies: A Project for Their Establishment on the Eastern and Western Frontiers of the Republic”, (traducción de: Colonias militares, proyecto para su establecimiento en las fronteras de oriente y occidente de la república), 20 de julio de 1848, en Odie B. Faulk, ed., “Projected Mexican Military Colonies for the Borderlands, 1848”, en The Journal of Arizona History, vol. 9, núm. 1, primavera de 1968, pp. 40-45; Juan Nepomuceno Almonte, “Proposals for Colonization Laws” (traducción de: Proyectos de Leyes sobre colonización), 26 de enero de 1852, en Odie B. Faulk, ed., “Projected Mexican Colonies in the Borderlands, 1852”, en The Journal of Arizona History, vol. 10, núm. 2,  verano de 1969, pp. 119-128.

13 Joseph Allan Stout, The Liberators: Filibustering Expeditions into Mexico, 1848-1862, and the Last Thrust of Manifest Destiny, Los Ángeles, Cal., Westernlore Press, 1973.

14 Joseph Allan Stout, Schemers and Dreamers: Filibustering in Mexico, 1848-1921, Fort Worth, Texas, Texas Christian University Press, 2002.

15 The San Diego Union, 21-26 y 28 de mayo de 1890; The San Francisco Chronicle, 21-24 y 28 de mayo; 7, 12-13, 18-21, 24-25 y 29 de junio de 1890.

16 Eligio Moisés Coronado, "La carbonera de Pichilingue, 1901," en Miguel Mathes, comp., Baja California: textos de su historia, vol. 2, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Secretaría de Educación Pública, Programa Cultural de las Fronteras, Gobierno del Estado de Baja California, 1988, pp. 180-193; Francis J. Manno y Richard Bednarcik, “El incidente de Bahía Magdalena”, en Historia Mexicana, vol. 19, núm. 3, enero-marzo de 1970, p. 365.

17 Discurso del senador Henry F. Ashurst en The Congressional Record, 65o. Congreso, 3a. Sesión, 1 y 7 de enero de 1919, pp. 249 y 1098; Protestas de diversas organizaciones civiles y laborales de la república mexicana ante la iniciativa presentada en el Congreso de Estados Unidos por el senador Charles Kramer referente a la compra de Baja California, 29 de mayo al 6 de septiembre de 1936, Congressional Record, vol. 80, p. 8278, 28 de mayo de 1936; Congressional Record, vol. 85, 9 de octubre de 1939, p. 222 (sobre la propuesta de Frank Havenner, el representante congresional de San Francisco); y “Pacific and Alaskan Defense”, Congressional Record, 77o. Congreso, 2a. sesión 1942, pp. 1624-1626.

18 Julius W. Pratt, “The Origin of Manifest Destiny”, en The American Historical Review, vol. 32, núm. 4, julio de 1927, pp. 795-798; Julius W. Pratt, “John L. O’Sullivan and Manifest Destiny”, en New York History, vol. 14, núm. 3, julio de 1933, pp. 222-224; y Bradford Perkins, The Creation of a Republican Empire, 1776-1865, Cambridge, Gran Bretaña, Cambridge University Press, 1993, pp. 175-178.

19 John L. O’Sullivan, “Annexation”, The Democratic Review, 17 de julio de 1845, y reproducido en Louis M. Hacker, comp., The Shaping of the American Tradition, Nueva York, N. Y., Columbia University Press, 1947, pp. 563-568.

20 Citado en John Hope Franklin, The Militant South, 1800-1861, Nueva York, Beacon Press, 1964, pp. 96-128.

21 Franklin, op. cit., pp. 96-128; Brown, op. cit., pp. 21-33, 423 y 458.

22 Roy Emerson Curtis, “The Law of Hostile Military Expeditions as Applied by the United States”, en American Journal of International Law, vol. 8, enero y abril de 1914, pp. 1-36 y 224-255.

23 Proclamas del presidente Franklin Pierce en contra de los ciudadanos que cometen agresiones en territorios centroamericanos, 18 de enero de 1854, 31 de mayo de 1854, y 8 de diciembre de 1855, en Irving J. Sloan, ed., Franklin Pierce, 1804-1869: Chronology, Documents, Bibliographical Aids, Dobbs Ferry, N.Y., Oceana Publications, 1968, pp. 53-55; Roy Franklin Nichols, Franklin Pierce: Young Hickory of the Granite Hills, segunda ed., Filadelfia, Pa., University of Pennsylvania Press, 1958, pp. 459-463; Larry Gara, The Presidency of Franklin Pierce, Lawrence, Kan., University of Kansas Press, 1991, pp. 142-144.

24 Cabe señalar que, al mismo tiempo, la fuerza al mando de Burbank ayudó a cubrir la retirada de Callahan y su banda de México. Ernest C. Shearer, “The Callahan Expedition, 1855”, en Southwestern Historical Quarterly, vol. 54, núm. 4, abril de 1951, p. 441; Ronnie C. Tyler, “The Callahan Expedition of 1855: Indians or Negroes?”, Southwestern Historical Quarterly, vol. 70, núm. 4, abril de 1967, pp. 579 y 584-585.

25 Brown, op. cit., pp. 29-30, 47-48, 118, 209-210, 214, 268 y 423; Robert E. May, “Young American Males and Filibustering in the Age of Manifest Destiny: The United States Army as a Cultural Mirror”, en The Journal of American History, vol. 78, núm. 3, diciembre de 1991, pp. 866, 871 y 878-879.

26 Frederick Merk, Manifest Destiny and Mission in American History: A Reinterpretation, Nueva York, Vintage Books, 1963, p. 209; Albert K. Weinberg, Manifest Destiny: A Study of Nationalist Expansionism in American History, Chicago, Ill., Quadrangle Books, 1963, pp. 211-212.

27 Stout, The Liberators, pp. 185-187; Joseph Allan Stout, “Post-War Filibustering”, en Odie B. Faulk, y Joseph A. Stout, jr., The Mexican War: Changing Interpretations, Chicago, Ill., The Swallow Press, 1973, p. 202.

28 Véase la nota núm. 25.

29 Horace Bell, On the Old West Coast: Being Further Reminiscences of a Ranger, Lanier Bartlett, ed., Nueva York, N. Y.,  Grosset Dunlap, 1930, p. 37; May, op. cit., pp. 864-885.

30  William H. Goetzmann, When the Eagle Screamed: The Romantic Horizon in American Diplomacy, 1800-1860, Nueva York, N. Y., John Wiley and Sons, 1966, pp. 74-88; Slotkin, op. cit., pp. 242-261.

31 May, op. cit., pp. 861-864.

32 Brown, op. cit.,  p. 459; May,  op. cit., pp. 863-864.

33 Richard Morefield, The Mexican Adaptation in American California, 1846-1875, San Francisco, Cal., R. and E. Research Associates, 1971, p. 7.

34 Edward S. Wallace, Destiny and Glory, Nueva York, N. Y.,  Coward-McGann, 1957, p. 162.

35 Joseph A. Stout, “ ‘Filibusteros’ and Indians on the North Mexican Frontier, 1848-1921: Mexican Sources and Interpretations”, en Virginia Guedea y Jaime E. Rodríguez O., eds., Fives Centuries of Mexican History/Cinco siglos de historia de México: Papers of the viii Conference of Mexican and North American Historians, San Diego, California, October 18-20, 1990/Memoria de la viii Reunión de historiadores mexicanos y norteamericanos, San Diego, California, 18-20 de octubre de 1990, 2 vols., México y San Diego, Instituto Mora, University of California, 1993, vol. 2, pp. 426-427. Con respecto a las diferencias en los puntos de vista sobre la expedición encabezada por Henry Crabb en Sonora en 1857, véase Rodolfo Acuña, Caudillo sonorense: Ignacio Pesqueira y su tiempo, México, Ediciones Era, 1981 y Juan Antonio Ruibal Corella, “¡Y Caborca se cubrió de gloria...!”: la expedición filibustera de Henry Alexander Crabb a Sonora, México, Editorial Porrúa, 1961.

36 Ladis K.D. Kristof, “The Nature of Frontiers and Boundaries”, en Annals of the Association of American Geographers, vol. 49, núm. 3, septiembre de 1969, pp. 271-273.

37 En 1854, Walker quiso dirigir una expedición contra Sonora. Debido a la vigilancia de los puertos de California por las autoridades estadunidenses, se vio obligado a modificar sus planes. En vista de la escasez de hombres bajo su mando, intentó, sin éxito, conquistar a Baja California como paso preliminar para un ataque subsecuente contra Sonora. Crabb también propuso a Walker, antiguo compañero de escuela, la organización de una expedición contra Sonora. Éste, sin embargo, declinó la oferta, dado que Crabb había fungido como testigo para el estado de California durante el proceso en el cual Walker fue juzgado —y posteriormente dejado en libertad— por haber encabezado la mencionada expedición a Baja California. Lawrence Douglas Taylor Hansen, “La fiebre del oro en Sonora durante la década de 1850 y sus repercusiones diplomáticas con Estados Unidos”, en Revista de El Colegio de Sonora, vol. 7, núm. 12, julio-diciembre de 1996, p. 125.

38 Ernest Vigneaux, “Memorias de un prisionero de guerra en México”, en Margo Glantz, ed., Un folletín realizado: la aventura del conde Gastón de Raousset-Boulbon, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 109; Manuel María Giménez, “Expedición del coronel Giménez”, en Glantz, op. cit., p. 151; The Daily Alta California, 22 de noviembre de 1852.

39 Cabe notar que el presidente Antonio López de Santa Anna no se dejó engañar totalmente en torno a los verdaderos objetivos de Raousset-Boulbon e intentó imponer algunos controles y restricciones sobre la inmigración de colonos franceses a Sonora.

40 Taylor Hansen, op. cit., pp. 112-129.

41 “Declaración de independencia de los siete estados septentrionales de la Sierra Madre de México”, documento sin firma, impreso en Matamoros, 16 de junio de 1849, en Archivo Histórico “Genaro Estrada”, Secretaría de Relaciones Exteriores, México, D.F., legajo núm. L-E-1095, h. 74; Hubert H. Bancroft, History of the North Mexican States and Texas, San Francisco, Cal., A.L. Bancroft, 1889, vol. 2, p. 615.

42 William McPherson, ed., From San Diego to the Colorado in 1849: The Journal and Maps of Cave J. Couts, Los Ángeles, Cal., A.M. Ellis, 1932, p. 27. Véase también The Daily Alta California, 28 de junio y 26 de septiembre de 1851, 18 de mayo de 1852; John Russell Bartlett, Personal Narrative of Explorations and Incidents in Texas, New Mexico, California, Sonora, and Chihuahua, connected with the United States and Mexican Boundary Commission during the Years 1850, '51, '52, and '58, 2 vols., 1854; reimpresión, Chicago, Rio Grande Press, 1965, vol. 1, p. 270, así como Robert G. Cleland, A History of California: The American Period, Nueva York, N.Y., The Macmillan Company, 1927, pp. 325-326. Para un resumen de las quejas de Carrasco en torno a las condiciones en Sonora y la región fronteriza en general, véase la comunicación del coronel José María Carrasco al ministro de Guerra y Marina en México, 26 de febrero de 1851, en Rufus Kay Wyllys, Los franceses en Sonora (1850-1854), historia de los aventureros franceses que pasaron de California a México, México, Editorial Porrúa, 1971, p. 185.

43 Wyllys, op. cit., p. 8, nota 34 y 39. El historiador Patricio Nicoli se refiere a José Cosme Urrea, el comandante general federalista de Sonora, como secesionista. Véase Patricio Urrea, El estado de Sonora: yaquis y mayos, segunda ed., México, Imprenta de Francisco Díaz de León, 1885, p. 160.

44 “Proclama de Raousset-Boulbon al pueblo de Hermosillo, 15 de octubre, 1852”, en Wyllys, op. cit., p. 208; Hippolite Coppey, El conde Raousset-Boulbon en Sonora, México, Librería de Manuel Porrúa, 1962, pp. 30-34; The Daily Alta California, 10 de noviembre, 18 y 23 de diciembre de 1854; Hubert Howe Bancroft, History of California, Santa Bárbara, Cal., Wallace Hebberd, 1970, vol. 6, p. 538.

45 J.Y. Ainsa, The History of the Crabb Expedition into Northern Sonora: Decapitation of the State Senator of California, Henry A. Crabb and Massacre of Ninety-eight of his Friends at Caborca and Sonoita, Sonora, México, 1857, Phoenix, Ariz., J.Y. Ainsa, 1951, pp. 3-13.

46 Véase también Robert H. Forbes, Crabb's Filibustering Expedition into Sonora, 1857, Tucsón, Ariz., Arizona Silhouettes, 1952, p. 7, nota 15; Acuña, Caudillo sonorense,  pp. 46, 48 y 50, nota 23.

47 Peter F. Stout, Nicaragua: Past, Present and Future; A Description of Its Inhabitants, Customs, Mines, Minerals, Early History, Modern Filibusterism, Proposed Interoceanic Canal and Manifest Destiny, Filadelfia, Pa., John E. Potter, 1859, pp. 195-305; Samuel Crowther, The Romance and Rise of the American Tropics, Garden City, N.Y., Doubleday, Doran and Company, 1929, pp. 101-161; Laurence Greene, The Filibuster: The Career of William Walker,  Indianapolis, Ind., Bobbs-Merrill Company, 1937, pp. 58-62.

48 Barnard E. Lee a John Forsyth, 5 de abril de 1840, y Nathaniel Amory a Abner S. Lipscomb, 8 de mayo de 1840, en George P. Garrison, ed., Diplomatic Correspondence of the Republic of Texas, publicado como Annual Report of the American Historical Association for the Year 1907, 2 vols., Wáshington, D.C., Government Printing Office, 1908-1911, vol. 2, pp. 395 y 451-452; El Diario del Gobierno de la República Mexicana, 23 de diciembre de 1839, 24 de octubre, 15, 16, 19 de noviembre de 1840; Carlos María Bustamante, El gabinete mexicano durante el segundo periodo de la administración del exmo. señor presidente D. Anastasio Bustamante hasta la entrega del mando al exmo. señor presidente interino D. Antonio López de Santa Anna, y continuación del cuadro histórico de la Revolución Mexicana, 2 vols., México, Imprenta de José M. Lara, 1842, vol. 1, p. 214, y vol. 2, pp. 41-42; David M. Vigness, “Relations of the Republic of Texas and the Republic of the Rio Grande”, en The Southwestern Historical Quarterly, vol. 57, núm. 3, enero de 1954, pp. 312, 315-316 y 320-321; John Milton Nance, After San Jacinto: The Texas-Mexican Frontier, 1836-1841, Austin, Tex., University of Texas Press, 1963, pp. 144-152, 298-299 y 302.

49 Miembros de la Hermandad Feniana, una sociedad irlandesa rebelde fundada por James Stephens en Nueva York en 1858. Los fenianos lanzaron una serie de ataques contra las colonias británicas de América del Norte con el propósito de obligar al gobierno inglés a otorgar la independencia a Irlanda. Leon O'Broin, Fenian Fever: An Anglo-American Dilemma, Nueva York, New York University, 1971, pp. 1-8; W.S. Neidhardt, Fenianism in North America, Filadelfia, Pa., University of Philadelphia Press, 1975, pp. 1-15; Leon O’Broin, “The Fenian Brotherhood”, en David Doyle y Owen Dudley Edwards, comps., America and Ireland, 1776-1976: The American Identity and the Irish Connection: Proceedings of the U.S. Bicentennial Conference of Cumaan Merriman Ennis, August, 1976, Westport, Conn., Greenwood Press, 1980, pp. 117-132.

50 Para el caso de Canadá, véase Lawrence Douglas Taylor Hansen, “Ataques filibusteros en contra de México y Canadá durante el siglo xix, un estudio comparativo”,  en Secuencia, nueva época, núm. 37, enero-abril de 1997, pp. 62-74. Referente a Hawaii, véase Andrew F. Rolle, “California Filibustering and the Hawaiian Kingdom”, Pacific Historical Review, vol. 19, núm. 3, agosto de 1950, pp. 251-263. Sobre Ecuador, véase la documentación relacionada con la expedición de Flores, en William R. Manning, comp., Diplomatic Correspondence of the United States: Inter-American Affairs, 1831-1860, 12 vols., Wáshington, D.C., Carnegie Endowment for International Peace, 1932-1939, vol. 6, pp. 224-225, 231-232, 261-299, 307-310, 316-317, 322-323, 329-331 y 356-359; The Nueva York Herald, 9 de marzo de 1855; y Horace Bell, Reminiscences of a Ranger, or Early Times in Southern California, Santa Bárbara, Cal., Wallace Hebberd, 1927, pp. 205-210.