Héroes en Chile...

¿Piratas en Baja California?

 

 

Pablo Herrera Carrillo*

 

 

El movimiento de Independencia iniciado por don Miguel Hidalgo no logró despertar un solo eco en la Baja California. Fue preciso que los corsarios ingleses al servicio de Chile vinieran a obligarla bajo la amenaza de sus cañones, a separarse de la madre patria.

Fuera de propósito sería hablar ahora de la guerra de Independencia en la América española considerada como un mero episodio de la lucha varias veces secular entre Inglaterra y España. Concretémonos para nuestro intento a hablar brevemente de la resurrección de la piratería en el Océano Pacífico en la época de la insurrección de las colonias españolas contra su metrópoli, resurrección llevada acabo por norteamericanos, franceses e ingleses en extraña colaboración que contrasta con sus pugnas en otro género de actividades en aquella misma época.

Iniciada la lucha en el Pacífico, surgió el audaz corsario norteamericano Guillermo Brown quien enarbolando los colores de Buenos Aires infundió el pánico en las costas de América del Sur, desde el estrecho de Magallanes hasta el istmo de Panamá.

Desde el puerto de Paita, en febrero de 1816, don Tomás Fernández de Castro dio la voz de alarma a la Nueva España, anunciando a sus autoridades: “Estos piratas infames llevan el proyecto de asolar toda la costa y refugiarse después en los Estados Unidos y, es muy probable, terminen sus correrías en la California…”

El “almirante” Brown no llegó a venir a las costas de la Nueva España; pero en los meses de diciembre de 1817 y enero de 1818, otro gran pirata Hipólito Bouchard al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata (acompañado del inglés Peter Corney) y al frente de la tripulación de los barcos corsarios Argentina y Santa Rosa, tripulación compuesta por kanakas, españoles, portugueses, hispanoamericanos, filipinos, negros, ingleses y norteamericanos, saquearon e incendiaron el puerto de Monterrey, el rancho del Refugio y la misión de San Juan Capistrano, en la Alta California, retirándose luego rumbo a San Blas en busca del galeón de Manila.

Tomado El Callao e insurreccionado Guayaquil contra la madre España, lord Cochrane, creador o, por lo menos, uno de los grandes organizadores del poderío naval de Chile (sin olvidar a Guise y Blanco Encalada), determinó a fines de 1821 dirigirse en crucero a los mares de Nueva España, aparentemente en persecución de los buques de guerra españoles Prueba y Venganza, últimos restos de las fuerzas navales de la península del Pacífico. En nuestro concepto, Cochrane traía, además de una misión secreta de Inglaterra para la Nueva España y muy particularmente para las Californias, el propósito de dedicarse al productivo negocio del corso.

En Fonseca, Cochrane recibió la infausta noticia de que casi toda la Nueva España se había independizado ya de la metrópoli y cuando llegó a Acapulco se le recibió cortésmente con desconfianza.

Recibiónos cortésmente el gobernador —escribe el almirante en sus Memorias— aunque no sin algún recelo, temiendo tal vez que intentásemos apoderarnos de los buques mercantiles españoles que había anclados en el puerto; por lo que encontramos el fuerte defendido con una numerosa guarnición, y otros preparativos que se habían hecho para recibirnos en caso de demostración hostil.1 

El 2 de febrero llegó a Acapulco una embarcación con la noticia de que las fragatas españolas navegaban de vuelta hacia el sur, por lo cual, perdido todo pretexto, Cochrane resolvió regresar a Sudamérica en persecución de los repetidos buques; pero despachó a Californias a la fragata Independencia, mandada por su segundo, William Wilkinson, y el bergantín Araucano, bajo el mando del capitán Simpson, quienes, según el secretario de Cochrane, William Bennet Stevenson, “recibieron órdenes de ir a la bahía de California [sic], a fin de comprar provisiones para la escuadra”.2

El 18 de febrero de 1822, la corbeta Independencia arribó a San José del Cabo, donde no existía “más tropa que un soldado de la compañía [presidial] de Loreto”. Aquí se efectuó el primer desembarco en la forma y términos que relata una representación del ayuntamiento de dicho puerto al gobierno de la nación y que sintetizaremos, dadas las proporciones que debe alcanzar este artículo.

El desembarco se hizo a las diez de la noche, con veinte hombres armados.

[Wilkinson] saqueó la casa del padre misionero que se hallaba ausente: se apoderó de las pocas armas que en ella había para más seguridad de la escolta; destruyó en muchos fragmentos el archivo parroquial; se apoderó de la plata de la iglesia, custodia y demás vasos sagrados; y de los cortos intereses de los pobres vecinos, que embargados de terror desampararon sus casas para librar sus personas y las de sus familias, andando errantes por los montes más de 40 días, de cuyas penosísimas fatigas, de hambres, resultaron dos personas muertas.3 

En la representación de referencia, que no tuvo por objeto hacer un relato circunstanciado de la invasión corsaria, sino simplemente citarla como antecedente para que se crearan fuerzas cívicas que el ayuntamiento de San José del Cabo estimaba como indispensables para la seguridad de Baja California, se omite un hecho sumamente interesante: la proclamación de la Independencia nacional en aquella península hecha bajo la presión, en gran parte, de las armas extranjeras. Entre los documentos que hemos acopiado y con los que hemos de escribir algún día la historia de la Baja California, que se está preparando en gran escala, gracias a la iniciativa y decisivo empeño del señor senador Guillermo Flores Muñoz, figuran numerosos documentos acerca del particular, que en imposibilidad de transcribir, aprovechamos lo más someramente posible.

En el parte que el capitán y piloto de bergantín San Francisco Xavier, víctima de los corsarios, rinde a las autoridades de Mazatlán, se refieren entre otras cosas que el 18 de febrero llegó la corbeta Independencia enarbolando bandera inglesa que después de haber apresado al San Francisco Xavier:

Hizo desembarque de tropa y saquearon la misión, la iglesia, las casas, continuaron cuanto daño pudiere hasta que el 17 de marzo llegó don Fernando de la Toba con 200 hombres; el día 18 se juró la Independencia y cesaron las hostilidades. El capitán de dicha corbeta, don Guillermo Wilk [Wilkinson] quería que la Independencia fuese a nombre de Chile, lo que no quiso don Fernando y el reverendo padre fray Roque Varela y sí quisieron en nombre del imperio mexicano.4

La presencia de De la Toba con sus hombres, la jura de la Independencia que le quitaba todo pretexto a los corsarios y el descalabro que infligieron a éstos en Todos Santos los vecinos de aquel pueblo, lo contuvieron en parte en sus desmanes.

En Todos Santos, indignados los vecinos —según los Apuntes históricos y estadísticos, del licenciado Manuel Clemente Rojo (inéditos, si no estamos mal informados)—5 o irritados, como quiere Bancroft por los atentados de los corsarios a las mujeres del lugar, mataron a seis de los piratas, de los siete que un teniente peruano había dejado allí de guarnición.6 

En la capital de la provincia, Loreto, los corsarios del Araucano no se portaron mejor. Según don Fernando de la Toba, en parte oficial, la gente de dicho bergantín robó

[…] a cara descubierta cuanto pudo, de lo que no estuvo exenta mi casa —dice De la Toba textualmente— que sólo dejaron en ella las paredes y lo que no pudieron llevarse, pero en parte han tenido el castigo, pues la tripulación inglesa se llevó el bergantín, dejando la gente chilena en tierra, y a su comandante con ella; el cual se reunió en una lancha del presidio de Loreto con la corbeta en este fondeadero, y el día 14 se hizo a la vela, no sé con qué destino, ni me importa saberlo; puesto que semejante gente poco se pierde no saber de su existencia [sic].

Aquí se juró la Independencia después de mi venida y tal vez antes se hubiera ejecutado; se hubiera precavido el perjuicio que recibimos, pues se valieron de este pretexto para hostilizarnos; pero mi gobernador [se refiere al decrépito don José Darío Argüello] vive muy despacio, y no ha sido quien menos ha padecido.7

Efectivamente, a Argüello lo dejaron poco menos que en camisa. Según éste mismo refiere, el bergantín Araucano se presentó en Loreto en actitud pacífica, y de ese puerto efectuó algunos viajes a Guaymas, con el pretexto de solicitar harinas, pero habiéndose dado cuenta de

[…] la ninguna fuerza que había de tropa —son palabras textuales del parte de Argüello a las autoridades del continente— y poco vecindario desarmados en dicho presidio, repentinamente se apoderaron de él esgiendo [sic] la plata de la iglesia, pólvora y todo el equipo que había dentro del colegio de las misiones y párroco y parte del mío y toda mi plata labrada haciendo lo mismo en varias casas del presidio y repentinamente se fugó el expresado bergantín dejando desparramados en tierra, desde Loreto, Puerto Escondido y rancho de Los Dolores, al capitán contador y toda la tropa que traía chilena, según se ha informado, quedando el buque con sólo los ingleses y un teniente que se levantó con el barco, ignorando el rumbo que tomarían; y el capitán nombrado don Roberto tomando la lancha de auxilio se largó de noche se infiere que en busca de la fragata que está en San José del Cabo o para Guaymas.8 

Ya hemos visto lo que pasó en San José del Cabo. Así pagó la pobre, remota Baja California, el precio de su independencia: hasta con la camisa de sus hijos, y, según el historiador don Manuel Clemente Rojo, también con las perlas de la Virgen de Loreto;9 por lo que puede decirse que los “libertadores” ingleses, le pidieron a la Baja California por la libertad… las perlas de la Virgen.

 

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* Artículo publicado en Hoy, año i, vol. iii, núm. 30, México, D.F., sábado 18 de septiembre de 1937, p. 24. Hay ejemplares en Universidad de las Américas-Puebla, Biblioteca Manuel Espinosa Yglesias, sala Porfirio Díaz, Colección Herrera Carrillo,  cajas 14 y 15; otro en iih-uabc, Pablo Herrera Carrillo, exp. 4.84. [N.E.]

 

Notas:

1 Thomas de Cochrane, Memorias de lord Cochrane, Madrid, Editorial América, 1917 (Biblioteca Ayacucho, xiii), p. 171. [N.E.]

2 William Bennet Stevenson, Historical and Descriptive Narrative of Twenty Years Residence in South America; with an Account of the Revolution, its Rise, Progress, and Results, vol. iii, Londres, Longman, Rees, Orme, Brown and Green, 1829, p. 412. Los textos de todas las citas tomadas de esta obra, en inglés en el original, fueron traducidos por Pablo Herrera Carrillo. [N.E.]

3 Oficio del ayuntamiento de San José del Cabo, agn, Gobernación, 1824, vol. 62, sin sección, exp. sin núm. [N.E.]

4 Informe de Gerónimo Báxter, capitán y piloto de bergantín San Francisco Xavier a Fermín de Farbe, Mazatlán, 24 de abril de 1822, agn, Archivo General de la Nación, caja 315. También en iih-uabc, Pablo Herrera Carrillo, exp. 1.27. [N.E.]

5 En efecto, los apuntes citados estaban inéditos en esa época. Se publicaron en 1958, un año después del fallecimiento de Pablo Herrera Carrillo. Véase Manuel Clemente Rojo, “Apuntes históricos, corográficos y estadísticos del Distrito Norte del Territorio de la Baja California” en Enrique Aldrete, Baja California heroica. Episodios de la invasión filibustera-magonista de 1911 narrados por el señor Enrique Aldrete, testigo presencial, México, edición del autor, 1958, pp. 506-507. [N.E.]

6 Hubert Howe Bancroft, History of the North Mexican States and Texas, t. ii, San Francisco, The History Company Publishers, 1889 (The Works of Hubert Howe Bancroft, xvi), p. 708. [N.E.]

7 Informe enviado por Fernando de la Toba a Fermín de Farbe, Mazatlán, 17 de abril de 1822, agn, Archivo General de la Nación, caja 315 en iih-uabc, Pablo Herrera Carrillo, exp. 1.27. [N.E.]

8 Solicitud de Joseph Argüello al intendente de Gobernación de la provincia de Sonora y Sinaloa, 22 de abril 1822, agn, Archivo General de la Nación, caja 315. También en iih-uabc, Pablo Herrera Carrillo, exp. 1.5. [N.E.]

9 Rojo, op. cit., p. 506. [N.E.]