Malaspina: entre la geografía y la política.

Navegaciones desde San Blas a Nutka

 

José Raúl Navejas Dávila*

 

En el año de 1768 quedó establecido, por el visitador general José Bernardo de Gálvez Gallardo, el Departamento Naval de San Blas, con el objetivo de hacer más ágiles el abastecimiento y la defensa de las nuevas fundaciones en las Californias, que abrieron estas tierras a la administración y colonización civil. Esto significó el declive de la importancia de la península y el énfasis en el desarrollo de las regiones que comenzaban desde el puerto de San Diego hasta el norte. Los navíos y exploraciones que partían de San Blas participaron del activo comercio y de la navegación que se extendía hasta San Francisco y Alaska, por lo que el antes despoblado puerto de Nayarit alcanzó un auge que duró hasta el final del virreinato.

Había entonces un interés de Francia y Gran Bretaña por tener enclaves en las tierras más norteñas de la costa del Pacífico americano por las perspectivas de cacería y minas que ahí existían. Compañías que procesaban las pieles no tardaron en llegar. En el año de 1784, Igor Shelikif organizó una compañía para establecer un puesto de comercio de pieles en la isla Kodiak, el primer establecimiento ruso en América del Norte.

San Blas era un puerto fluvial situado en el interior de un estero denominado El Pozo, que en ocasiones se azolvaba y cuyos bancos arenosos representaban un peligro para la navegación. Los barcos de gran calado no podían entrar a puerto y tenían que fondear con varias anclas en mar abierto, mientras la carga o descarga se realizaba con navíos de menor tamaño. Para defender la entrada al puerto, sobre el cerro de El Vigía se levantó el Castillo de la entrada que protegía el acceso por el estero San Cristóbal. Al borde del acantilado que mira hacia la mar y en la punta El Borrego estaba la protección de una sólida artillería. Era una ciudad fortificada, así que la ostentación de murallas no se requería. Contaba entonces con treinta mil habitantes y magníficos edificios. En este periodo --fines del siglo xviii-, San Blas recibía las partidas de pieles de nutria de California para ser comercializadas en China, negocio que no prosperó por parte de los españoles.

En esta época el imperio español estaba en el dilema de ceder o resurgir como potencia, y San Blas era un centro de operaciones del que salían los barcos de apoyo necesarios para consolidar su poder en la Alta California o las expediciones que tomarían posesión de las playas y bahías noroccidentales de América, movimiento que beneficiaba a la tropa allí acuartelada que veía la ocasión de librarse del terrible clima plagado de mosquitos y sujeto a constantes epidemias de fiebre amarilla y tabardillo, y a la furia de los huracanes. El temple de la gente que llegó a este lugar para poblarlo sólo podía hallarse en los presidiarios que en 1768 sirvieron como colonos forzosos para el nuevo asentamiento.

El territorio de Nutka –el dominio español más septentrional del océano Pacífico y que originó posteriormente un conflicto con Inglaterra– se descubrió de manera casual por el marino mallorquín Juan Pérez, a quien el padre Junípero Serra le encomendó el hallazgo de nuevos lugares para extender la fe católica más allá de Monterrey, California, puerto de donde partió la nave Santiago en junio de 1774. En lo político, el virrey Antonio María de Bucareli le había encargado anteriormente a Juan Pérez que comprobara el establecimiento de súbditos rusos al norte de California, según lo registra Francisco Palou en su obra Vida de Fray Junípero Serra:

Con este registro se concedió en parte el deseo de Su Excelencia, pues subió la fragata a la altura de 55 grados del Norte, en que hallaron una isla de tierra que se interna mucho a la mar, a la cual nombraron Santa Margarita por haberse descubierto en el día de esta santa, y desde dicha isla bajando hasta Monterrey, registraron toda la costa que hallaron limpia y con bastantes fondeaderos. Advirtieron que estaba toda poblada de gentilidad, aunque no saltaron a tierra pues una vez que lo intentaron con el fin de enarbolar en ella el estandarte de la Santa Cruz, que tanto deseaba y encargaba Su Excelencia, no lo pudieron conseguir por haberse levantado un viento muy contrario y recio, que estuvo a peligro de perderse la lancha con los marineros.

Aunque como queda dicho no desembarcaron en tierra, pero lograron en muchas partes tratar con los gentiles de la costa, que con sus canoas de madera, bien formadas y bastantemente grandes, capaces de cargar crecido número de gente, se arrimaban a la fragata y subían a bordo a hacer cambalaches de bateítas de madera, bien labradas y buriladas; mantas bien tejidas de pelo, como lana, listadas de varios colores, muy vistosas, y petates o esteras de cortezas de árbol de varios colores, tejidas como si fuesen de palma, como también sombreros de dicha materia de forma piramidal y de ala angosta, por pedazos de hierro, a que los vieron muy inclinados, como también con abalorios y otras chucherías.

El Santiago se limitó a recorrer rápidamente la costa hasta los 54 grados de latitud Norte, ya que la tripulación estaba agotada y con escorbuto. En desacuerdo con las órdenes del virrey Bucareli no pudieron tomar posesión de playa alguna en Vancouver o en Nutka, islas descubiertas por Pérez y no cartografiadas antes. Regresaron entonces a Monterrey.

La segunda expedición realizada por órdenes del virrey para detener la fundación de bases de pesca y caza rusas, tuvo como comandante a Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, marino español nacido en Perú, y a quien apenas con un año de residencia en San Blas se le dio el mando de la fragata La Felicidad, uno de los tres navíos que componían la flota de esa empresa.

La expedición zarpó de San Blas el 16 de marzo de 1775 y en septiembre llegó a la bahía de San Lorenzo de Nutka. El 1º de octubre el comandante descubrió la entrada del río Columbia –que actualmente divide los estados norteamericanos de Wáshington y Oregón–, a la que bautizó con el nombre de bahía de La Asunción; el día 17 avanzó hasta los 57 grados 18 minutos y localizó el puerto que llamó de Guadalupe; el día 18, a los 57 grados 20 minutos, halló otro más pequeño, del que tomó posesión y nombró Nuestra Señora de los Remedios; el día 22 reconoció el puerto de Bucareli y la Isla de San Carlos; y el 27, divisó el cabo San Agustín. En este viaje, al regreso, se puso nombre en memoria de este marinero a la actual bahía de La Bodega, un poco al norte del hoy cosmopolita puerto de San Francisco. El virrey Bucareli, no satisfecho con las dos anteriores expediciones a las tierras más boreales de Nueva España, proyectó una tercera con un navío construido ex profeso y otro adquirido en el puerto del Callao, Perú. Así, la fragata Princesa, asignada como comandanta, y la sudamericana llamada La Favorita, salieron del puerto de San Blas el 12 de febrero de 1779; después de atravesar lo que antes habían llamado Paso de Bucareli a la altura de los 55 grados de latitud, creyeron ver favorecida la quimera de encontrar pronto el paso del noroeste porque el macizo continental se alejaba y en su lugar surgía una gran cantidad de tierras insulares. De hecho estaban a la vista del archipiélago Alexander, una de cuyas islas hoy se denomina Revillagigedo. Aquí estuvieron dos meses para la hechura de la cartografía necesaria. Debido a que el objetivo de la expedición era llegar al límite más septentrional que se pudiese alcanzar en el mar Pacífico, no se preocuparon por saber si había un acceso hacia el mar del Norte a través de estas islas, lo que requería expedición especial. Encontraron muchas comunidades de aborígenes cuya principal ocupación era la pesca y continuaron más arriba, hasta los 66 grados, donde los encuentros con indígenas en lanchas y canoas posibilitaron intercambios de comida, chaquira y bagatelas.

Algo indujo al comandante Ignacio de Arteaga a no seguir adelante, a pesar de que un aborigen les dio indicios de que una flota rusa estaba muy cerca. Así que los barcos, sin izar velas e inertes, navegaron hacia el sur llevados por el viento, lo que en menos de un día los arrastró a otro archipiélago donde los rodeó una neblina con amenaza de tormenta. Esto se evitó al ser llevada una imagen de Nuestra Señora de Regla al alcázar de la nave donde se le cantó un salve; lo que se llevó a cabo con un buen desenlace. Después de un descanso de un mes y medio en el puerto de San Francisco, adonde fueron llevados los enfermos el 14 y 15 de septiembre, se recibió la noticia de la muerte del virrey, lo que significó luego la suspensión temporal de las expediciones al norte. Un año antes, en 1778, el comandante James Cook llegó a Nutka y pudo cambiar algunas piezas de cobre por pieles de nutrias con sus pobladores. A pesar de que la mayor parte de los cueros se echaron a perder en el trayecto a Cantón, pudo vender aquí, centro mundial de las pieles, la mayor parte de su mercancía deteriorada, y en la transacción ganó 10 000 pesos.

El lucro tentó a la tripulación de Cook y muchos quisieron volver al pródigo litoral peletero. Esto involucró a Inglaterra en la geopolítica, la cual antes era exclusiva de España y Rusia.

Después de la nueva información sobre las expediciones de los rusos obtenida de la expedición de Jean Francois de Galaup, conde La Pérouse (1786), Floridablanca, ministro de Estado español, dispuso que se llevara a cabo una nueva incursión de altura, la cual remontaría las heladas latitudes de Nutka. El camino andado no admitía retroceso a pesar de que una orden real del 10 de mayo de 1780 disponía que cesaran las expediciones de altura. Floridablanca fue nombrado ministro de la Corona en 1777.

En 1789 el marino sevillano Esteban José Martínez, de acuerdo con instrucciones del primer ministro español, tomó posesión del puerto de Nutka en nombre del rey. A su mando estaban los navíos La Princesa y San Carlos. En la bahía ya estaban anclados algunos barcos, entre ellos uno al mando del capitán John Meares de la compañía Merchant Propietors, quien tenía la comisión de fundar en la costa del noroeste una factoría dedicada al tráfico de pieles por encargo de la Compañía Inglesa de Comercio. Conforme iban llegando, los barcos fueron confiscados, al igual que ocurrió con el paquebote Argonauta, al mando del capitán James Colnett, quien sostuvo una leve escaramuza y tenía la intención de fortificar el puerto. Lo mismo la balandra Royal Princess y la goleta Northwest America, enviadas por Martínez bajo vigilancia al Departamento de San Blas. Todos los barcos cuyas tripulaciones fueron detenidas y sus tropas desarmadas provenían de Inglaterra, en cambio no se consideró como inminente amenaza la presencia de dos barcos procedentes de la flamante república de Estados Unidos: el Columbia y Lady Washington, a los cuales se dejó ir con cierta reticencia.

El gobierno español, a continuación, decidió fortificar el puerto de Nutka y colocó al teniente del navío, Francisco de Eliza, como comandante de la fortificación militar, resguardada por 76 hombres, y primera compañía franca de voluntarios de Cataluña. El segundo oficial de la compañía era el capitán Pedro Alberni, cuyo nombre ha perdurado en la toponimia de la isla de Vancouver: Alberni Canal y Port Alberni. A pesar de la explicación del embajador español en Londres, William Pitt –primer ministro británico– exigió la inmediata devolución de los barcos y excusas por la acción “de piratería” cometida en febrero de 1790. A partir del verano de 1790 la guerra parecía un hecho inminente entre ambos países, ya que en sitios estratégicos se observó la preparación de medidas de defensa y ataque. España pidió la ayuda de Francia en virtud del pacto de familia; a su vez, Inglaterra obtuvo la total cooperación de Holanda para su bando. El 28 de octubre de 1790 los dos imperios llegaron a un acuerdo para evitar el inicio de hostilidades; por consiguiente, los términos de la convención celebrada en Madrid y Londres el 25 de octubre de 1790, precisaban a favor de Inglaterra no sólo la restitución y la compensación de las presas y las agresiones que se habían permitido los súbditos de Su Majestad católica, sino también una paridad de derechos en todas las empresas comerciales que pudieran tener en aquellos mares hasta entonces considerados como propiedad exclusiva de la Corona de España. Fue George Vancouver (1757-1798), marino inglés, quien participó en el segundo y tercer viaje desde el descubrimiento del capitán James Cook, y después de unos años de servicio en las Antillas fue designado comandante de una expedición a la costa noroeste de América, con el propósito de recibir de los españoles el territorio cedido a Gran Bretaña en esa región, para buscar un pasaje por el este hacia los Grandes Lagos y averiguar la verdadera naturaleza del estrecho de Juan de Fuca, entre otros fines.

En los primeros meses de 1792, tres navíos salieron de San Blas rumbo a Nutka bajo la guía de Juan Francisco de la Bodega y Cuadra. Tenían como objetivo arreglar el problema de Alaska, asunto que ya tenía un acuerdo de los gobiernos interesados. En Nutka fueron recibidos por George Vancouver, representante de Inglaterra en el Pacífico del norte. Los comisionados no pudieron llegar a ninguna resolución y decidieron dejar, una vez más, el litigio a los diplomáticos.

En el mismo año de 1792 zarparon de Acapulco los barcos españoles Sutil y Mexicana, al mando de los capitanes Dionisio Galeano y Cayetano Valdez; a bordo iba también el comandante del apostadero de San Blas, Juan Francisco de la Bodega y Cuadra. Se dirigían al noroeste en busca del estrecho de Juan de Fuca y las costas al sur de éste, cuando se encontraron con los barcos de Vancouver y realizaron juntos la exploración. Los españoles regresaron a Monterrey el 22 de septiembre y permanecieron allí hasta el 26 de octubre.

La verdad era que George Vancouver, en sus entrevistas con Bodega y Cuadra, no llevaba ninguna instrucción de negociar algún problema con España. Su objetivo era valerse de la parsimonia para conocer las tierras no reclamadas al norte de California a la vez que observaba minuciosamente esta posesión hispánica. De esta manera, a fines de 1792 el marino inglés, con bandera diplomática, fue recibido con gran cortesía y consideración en San Francisco y Monterrey. Al año siguiente no tuvo la misma suerte, porque su estratagema fue descubierta por la autoridad española y se le prohibió tocar tierra en la costa californiana. Antes de morir, sus experiencias se publicaron bajo título de Un viaje de descubrimiento al norte del Océano Pacífico y alrededor del mundo… en 1790-1795. Después de volver a su país de su último viaje, en sus informes pudo anotar que las defensas de California eran tan débiles que no resistirían un ataque de una potencia extranjera.

El desenlace de estas querellas que amenazaban llevar a la guerra a las mismas costas de la Antigua y Alta California, consistió en la renuncia de España, en 1794, a sus derechos y establecimientos en Alaska, para dejar libre el paso a Inglaterra, y en general, al comercio particular. No obstante, los británicos nunca fundaron un establecimiento permanente en estas desoladas tierras ni obtuvieron una gran utilidad. Rusia sí pudo hacerlo hasta 1867, cuando vendió este territorio a los Estados Unidos.

Curiosamente, los sucesos de Nutka y la expedición científica de Alejandro Malaspina alrededor del mundo (1769-1794) tuvieron un desarrollo casi sincrónico; tanto el incidente de carácter geopolítico como la de la mayor aventura española en la época de la Ilustración, fueron parte del esfuerzo de una potencia europea en declive por mantener sus prerrogativas. Esta directriz se debió en gran parte al primer ministro de la Corona española, José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, quien desde 1777 tuvo esta responsabilidad. Durante su gestión, España recobró algo de su lustre como la potencia mundial, que fue de otro tiempo, gracias a la recuperación de algunas posesiones como Florida y Menorca, a los excedentes de plata procedentes de México y a la continua expansión del comercio con el imperio americano logrado por la promulgación del decreto del comercio libre de 1778. Lo anterior no bastaba para Floridablanca, quien consideraba el frágil esplendor del reino y deseaba mostrar a Europa el “as de la baraja desapercibido”. Lo anterior alejaría la idea de la decadencia de España e impediría que sus posesiones de ultramar fueran codiciadas. La jugada maestra resultó ser la expedición que comandaría Alejandro Malaspina. Al concluirse, se elaboraría también un atlas con 70 cartas de diversos enfoques y se habría visitado la mayor parte de las posesiones españolas existentes en el Pacífico. Así, el 30 de julio de 1789, la expedición inició su azaroso camino con las corbetas Descubierta y Atrevida; la primera al mando de Alejandro Malaspina, y cada una con 102 hombres a bordo. Los objetivos científicos, políticos y comerciales del viaje serían puestos gradualmente en práctica según lugar y ocasión. Los compartimientos de los barcos estaban bien dotados de aparatos e instrumentos de estudio.

Aunque no lo supieron desde el principio, otro de los objetivos torales era investigar la existencia del paso al Atlántico por el noroeste en el paralelo de 60 grados, según apoyaba una relación del viaje hecho en 1558 por el navegante Lorenzo Ferrer de Maldonado.

Alejandro Malaspina, al igual que Andrés de Urdaneta y Juan de la Cosa, es otro de los marinos españoles que le han dado a su país la llave del rumbo de los mares. A juicio de otros contemporáneos era un oficial que sabía combinar talento e instrucción con el amor a las ciencias.

Este excelente marino y mal político –según opinión de su amigo Valdez– nació en 1754 en Mulazo, Italia, ducado de Parma, cuando esta región formaba parte de la Corona española. En 1764 marchó a estudiar a Roma, al Colegio Pío Clementino, donde conoció a José Moñino, quien años después sería conde de Floridablanca y primer ministro de España. Su amistad fue decisiva para Alejandro. En 1773 terminó sus estudios e ingresó en la Real Armada de Su Majestad católica. En 1774 llegó a España y sentó plaza de guardia marina en Cádiz. Se distinguió por su valor en las dos ocasiones en que España intentó recuperar Gibraltar del dominio inglés (1780 y 1782). Por méritos diversos ascendió en muchos de los puestos del escalafón de la marina española hasta que en 1788, ya con el grado de capitán de fragata, presentó el proyecto de su célebre expedición que emprendería en julio de 1789. Para entonces había hecho ya tres viajes a las Filipinas con diferentes objetivos, además de ser el autor de propuestas útiles para el mejoramiento de la armada hispana; entre ellas, una referente al carenamiento de los barcos con planchas de cobre y otra destinada a evitar el escorbuto entre la marinería en viajes largos. Era también partidario de una completa liberalización del comercio de parte de la Compañía de Filipinas, empresa que lo contrataba para viajes largos.

La expedición Malaspina abarcó en total cinco años, desde el 30 de julio de 1789, cuando partió de Cádiz, hasta el 21 de septiembre de 1794, día en que volvió al mismo puerto.

En su recorrido visitó Canarias, costas orientales de América del Sur, las islas Malvinas, el estrecho de Magallanes, los litorales chilenos, peruanos y colombianos, Panamá, Nicaragua, México, California, Vancouver, Alaska, las islas Marianas, Filipinas, Nueva Zelanda, Australia, Vavao y desde aquí nuevamente Sudamérica, para volver por el Este hacia España. Lamentablemente, por motivos políticos, los resultados de esta expedición permanecieron en el olvido durante muchos años.

El itinerario de las corbetas Descubierta y Atrevida por el norte del océano Pacífico americano, abarcó un circuito que tuvo como principio y fin el puerto de Acapulco, adonde la Atrevida llegó el 26 de marzo de 1791 y de donde partirían ambas corbetas el 1º de mayo del mismo año, rumbo al norte, en dirección a la isla de Nutka.

Para Malaspina, la llegada a la costa mexicana significó una distracción o retroceso para planes propios, pues deseaba explorar las islas Hawai o reconocer el golfo de Panamá, y en cambio recibió allí órdenes precisas del ministro de Marina, Antonio Valdez, de viajar hasta la latitud de 60 grados para comprobar la realidad del paso de Ferrer Maldonado. Esto lo supo en la ciudad de México, hacia donde había cabalgado por seis días mientras se esperaba la llegada de la Atrevida, que estaba en San Blas. En la capital se entrevistó con el conde de Revillagigedo, virrey de Nueva España, quien puso a su disposición archivos confidenciales para que Malaspina tuviera una idea clara de la situación histórica y política de los territorios del virreinato –principios de abril de 1791–, al tiempo que estudió la posibilidad de encontrar nuevos puertos de abrigo y asistencia para las naos procedentes de Filipinas que antes de anclar en Acapulco arribaban a costas californianas.

Previo al reinicio de la expedición desde el puerto guerrerense, hubo un desembarco de pasajeros y el ingreso de otros –oficiales y científicos– que se quedaron a realizar estudios o abordaron las naves con instrumentos científicos y geográficos de precisión para mejorar los estudios. El retratista Tomás de Suria Cardona se incorporó para captar los rostros de indígenas pescadores de los mares helados.

Otros fines de este recorrido adicional no previsto, eran los de determinar la posición exacta del cabo Mendocino, la bahía de Monterrey, la isla Guadalupe y el cabo San Lucas, puntos claves para la navegación comercial procedente de Manila.

Después de zarpar de Acapulco las corbetas tuvieron que separarse de la costa a causa del fuerte viento y no pudieron divisar las dos misiones que dieron origen a las actuales urbes de Los Ángeles y San Francisco; no tardaron en surcar un mar pletórico de ballenas y en divisar las innumerables islas que acompañan la costa oeste de Canadá. Las dos corbetas amarraron en Puerto Mulgrave, conocido hoy como Yakutat (frontera de Alaska con Canadá). Los indígenas de la pequeña aldea se mostraron dispuestos a las más diversas formas de trueque al amontonarse en sus canoas alrededor de los navíos foráneos. Mostraban predilección por los objetos de hierro, que incluso robaban con discreción y usaban como tretas para sacar ventaja de sus ofertas. Los hispanos obtenían de ahí agua, leña, lastre, pescado y vegetales.

Otra expedición había estado ahí porque encontraron manufacturas hechas por europeos. Por otra parte, no era del agrado de Malaspina que las mujeres nativas ofrecieran insistentes sus servicios de caricias a los españoles por ser este tipo de comercio el más riesgoso de todos. Aún así, los visitantes se ocupaban de juntar curiosidades, juguetes y artesanías para la colección privada del rey de España. Paradójicamente, los nativos vestían pieles costosas –tigre, venado, oso–, pero sus casas eran muy humildes y rústicas, hechas de tablones.

Pese a dos incidentes menores que estuvieron a punto de causar el uso de las armas, los españoles pudieron salir de Puerto Mulgrave el 6 de julio de 1791 después de su trueque de mercancías y sus observaciones científicas, y continuaron todavía más al norte. De aquí en adelante, Malaspina ya no creyó más en el imaginario paso de Ferrer Maldonado (o paso del noroeste), y por consiguiente se reprochó a sí mismo esta pérdida de tiempo que le impidió reconocer la costa americana ubicada más al norte de California.

Después de divisar la isla Montague cruzada por el paralelo 60 Norte, señalada en las cartas hispanas como isla de Quirós, la expedición se dirigió al cabo Español (Hinchinbrook, en mapas ingleses del siglo xviii y en los actuales), en la misma isla Hinchinbrook, bautizada por los españoles como isla Magdalena. Montague e Hinchinbrook son islas ubicadas al sur del puerto de Valdez, en el golfo de Alaska, fondeadero al que dio nombre Malaspina en honor a su amigo el ministro de Marina: Valdez. (Actualmente en esa población se encuentra el final de un oleoducto de 1 000 km que conduce por Alaska el petróleo del Ártico).

La declaración de abandono de la búsqueda del paso de Ferrer Maldonado se halla en una anotación de Malaspina del 6 de julio de 1791:

Si nuestras tareas actuales no nos dan siquiera la complacencia de poderlas considerar como importantes para los progresos de la geografía, puedan a lo menos evitando en lo venidero nuevos discursos sobre la existencia de un paso hacia estos paralelos, no aventurar más en semejantes pesquisas un número no indiferente de vidas y de caudales.

La navegación declinó en latitud del glaciar Malaspina, por encima de los 59 grados, pasando por el extremo oriental de las islas de la reina Carlota, hasta la ensenada de Bucareli a los 55 grados 15 minutos de latitud Norte. Desde aquí llegaron a la vista de la isla de Nutka el 12 de agosto de 1791, de madrugada. Antes de que amaneciera se acercaron varias canoas indias a intercambiar objetos de pesca. Malaspina no dejó de emocionarse cuando vio ondear sobre un promontorio la bandera española. Luego, el capitán Pedro Alberni de la compañía de voluntarios de Cataluña y el alférez de navío Manuel Saavedra, se encargaron de recibir a Malaspina y a sus oficiales por la ausencia de Francisco de Eliza, comandante de la base, entonces en misión de reconocimiento por la costa cercana. Después de anclar las corbetas Atrevida y Descubierta en un puerto seguro, se dispuso que sus dos grandes lanchas acudieran a reconocer las costas adyacentes, bajo el mando de los tenientes Joseph Espinoza y Ciriaco Ceballos, quienes después serían autores de sendas reseñas de navegación en mares de las Indias. Más o menos 50 hombres de la primera compañía franca de voluntarios de Cataluña se encontraban en Nutka al llegar la expedición Malaspina. Además de instalar 20 cañones, habían excavado pozos, construido acueductos y criado alguna cantidad de aves, junto con el trazo de casas y huertos. Gran parte de ello fue por la creatividad de Pedro de Alberni. En cambio, no tuvieron éxito en lograr una cosecha de cereales, no obstante el buen gusto de sus hortalizas.

La guarnición de Nutka vio con mucho agrado el que se pusieran a su disposición las fraguas y los herreros que acompañaban a la expedición Malaspina, pues los allí acuartelados tenían en muy mal estado tanto las armas como los utensilios de labranza y otros objetos de uso común. La tripulación de las corbetas también obsequió a los catalanes apostados en la isla medicinas, ropas, alimentos y grandes dotaciones de vino.

Macuina, el mayor cacique de aquellas tierras insulares e inclementes, fue visitado por los tenientes Ceballos y Espinoza en su propia casa, no sin cierto temor por parte de él y los suyos. Después, condescendiente, mostró su tesoro de barras de cobre y sus mosquetes a los españoles, consciente de ser competente y fuerte en este menester. No rechazó ser invitado a bordo de la Descubierta, donde después de ser agasajado con tazas de té recibió algunos regalos sencillos para uso práctico como: dos velas para canoa, cuatro cristales para ventana y paño azul, entre otras cosas. Macuina, por su parte, ratificó a Malaspina que el terreno dado al asentamiento español con su consentimiento continuaba en posesión de quienes allí subsistían, obtenido por ellos en venta y no por ingleses, aseguró. También agradeció los regalos y pronosticó el inicio de una era de paz duradera.

Definitivamente, Malaspina no comprobó la existencia del utópico paso del noroeste, pero cumplió sus objetivos en un territorio inhóspito, que comparte su ecología, en vista de las corrientes marinas, con lugares como la península de Baja California. El 28 de agosto de 1791, las dos corbetas de la expedición Malaspina se hicieron a la vela con rumbo sur, hacia Monterrey, San Blas y Acapulco, dejando atrás la nebulosa isla de Nutka.

 

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*Instituto de Investigaciones Históricas-uabc

 

Bibliografía

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